Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí

Después de tanto tiempo

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Después de tanto tiempo, esto que llamamos vida se vuelve a metamorfosear, muta (como una hija de puta) y te sorprende como podría hacerlo un infarto o un accidente, pero a lo guay. Hace un año fui a comer con el mejor amigo de mi abuelo. Me acompañaron dos amigos, uno no tenía ni idea de adónde iba y el otro sí, de sobra. El segundo es escultor en sus ratos libres con aspiraciones a serlo a tiempo completo. El primero estaba de baja por una lesión de rodilla y para él aquello fue una distracción. Imaginen que me preguntó si aquel señor era de izquierdas o derechas… Con eso lo digo todo.  La cosa fue que Jorge, que así se llama ese republicano de aspecto salvaje y personalidad exhuberante, un treintañero de 84 años (que me costó hacerle confesar por coquetería pero que desveló pasadas unas semanas, ya en la comida del 14 de abril), dijo algo que no he olvidado.

Mi amigo escultor quería saber cosas sobre la personalidad e intereses de mi abuelo, al que se le iba a dedicar un monumento del que mi amigo iba a ser el autor. Es su primera escultura pública, si no contamos las 10 o 20 que tiene distribuidas por el jardín de su casa. Así que se entiende que quisiera hacerlo bien y le pusiera especial pasión al encargo. Él siempre ha sido una persona inquieta, un explorador de sus recovecos, un ser elevado o con afán por la elevación espiritual. De ahí seguramente  que se dedique a hacer esculturas, unos artefactos verticales, de hierro, alegóricos. Ascensión complicada la del hierro alegórico, pero factible en sus manos. Cuando se puso a la faena de moldear el duro elemento, ya lo tenía claro de antemano. Y la representación forjada le salió de corrido, sin dudas significativas, como el experto en un oficio artesanal y casi automático. El artista tiene mucho de carpintero, o herrero, o manitas. La inspiración llega trabajando, decía Picasso, y para trabajar el oficio es imprescindible: mezclar las pinturas, encender el soldador, reunir las notas manuscritas.

Mi amigo escultor ya sabía de lo que hablaba Jorge cuando dijo aquella frase que ahora recuerdo tan nítidamente aunque quizás no literalmente. Hablábamos de la masonería, de la ascensión a un grado superior, del proceso que conlleva, de los múltiples escalones superados gracias al estudio yal debate entre hermanos. Y dijo que en cada escalafón se sufre una transformación, “incluso física”.

Debe ser cierto, porque yo mismo lo he experimentado en mis carnes,  aquello que dijo Jorge mientras mi amigo escultor cabezeaba afirmativamente como un hincha del humanismo y mi otro amigo seguía mirando la carta de postres. Se renace continuamente, no somos el de ayer, ni siquiera el del segundo anterior al siguiente. “Nacer es una enfermedad letal”, bromea N. Nacer produce la muerte, viene a decir mi tío. Como el que quiere asumir una fatwa. Yo creo que nacemos y somos tantos a lo largo de nuestra existencia que la muerte, si de verdad es algo, se convierte en una transformación más.

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