Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí

Dilemas

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En la piscina municipal el agua está fría al principio, es cuestión de atreverse con el primer capuzón y no echarse atrás en el último momento: con los dedos de los pies agarrando el borde, el gorrito puesto y las manos en posición de rezo. Entra un rayo de sol por uno de los ventanales verticales del pabellón y yo intento siempre colocarme en la calle de la luz, en el tramo más iluminado, para celebrar cálidamente los últimas brazadas de cada serie de cien metros.

Cuando llego al otro extremo me detengo y escucho mi corazón, a veces me lo toco para comprobar el bombeo acelerado tras un poco de crol. A mi lado a veces coincido con un nadador también fatigado. Yo me sumerjo hasta la nariz y me doy cuenta de que las burbujas que aparecen frente a mí son más nítidas de lo que yo pensaba, con forma de globo celeste y reflejos marfil por los lados; aunque no todas, claro está. Enfrente veo una pared formada por cuadraditos de cerámica rojos, azules y blancos. Brillan gracias a la atmósfera limpia de la piscina. No, brillan gracias a mí, qué cojones. Lo veo todo más claro, percibo mejor los colores, más matices y tonos. Ahora me doy cuenta de que el rojo es bermellón, el azul es marino y el blanco es sucio. También oigo mejor y huelo con agudeza, pero eso es otra historia.

Cuando me lanzo al agua la cosa ya no tiene remedio, a partir de ahí hay que nadar y nadar. Pero tranquilamente, no hay que correr. Correr, ni delante de la policía.

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