Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí


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Carta a N.

Querido N:

Parece que fue ayer cuando me tomé aquel cuartico de ácido durante una de mis primeras fallas en Valencia. Era un trocito de papel que tú me depositaste en la lengua como un ritual misterioso no exento de cariño: mostraste una cajita metálica, sacaste el cromo y nos diste la comunión a los fieles. Mi ácido cundió para toda la noche, igual que los que se tomaron S. y S., tan bellas. No recuerdo lo que dijiste al ofrecernos aquella hostia sin consagrar, pero sí sé que se disolvió en mi lengua mientras rezaba mi padrenuestro particular, por ti inducido. Un padrenuestro clásico, punk, hardcore, popero, trash metal, trip hop, un padrenuestro N., inclasificable, como tú eres.

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El tiempo que hace

La distancia más corta entre dos personas es un segundo. ¿Cómo te crees que te he pegao mañana?, diría mi tío Juan, para intentar explicar a su manera de barrio San Antón la teoría de la relatividad. ¿No es más presente el ayer de 1998 que el ayer de ayer? En algunos casos, a veces. El otro día otro tío mío, Juan Carlos (yo soy muy de tíos), me dijo en una boda, en la que confesó sentirse algo cansado y, quizás por eso, menos dicharachero que de costumbre: “Cumplir 50 años hace que tengas todos los recuerdos de tu vida más presentes”. Luego le pedí explicaciones a su afirmación pero me respondió otra cosa, igual de melancólico, algo tan raro en él.

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El sábado II

De un sábado de aquellos a uno de estos hay hoy un abismo y, a la vez, un suspiro. Quizás lo único que los une son personajes como el travolta de la funeraria. La vida de pueblo (y la de ciudad) tiene esos nexos, seres que deambulan, están siempre presentes y frecuentan los núcleos de actividad social: la terraza del Marfil, las redacciones de los periódicos, la Peña Madridista, la emisora local, la grada del estadio. Son eternos hasta que un día desaparecen del mapa, como le ocurrió a Manolico Bazoca, Marcos el luchador, a Pin y a tantos otros.

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El sábado

El sábado pasé por la plaza de Sindicatos y ahí estaba en su portal Pepe, el empleado de la funeraria La Siempreviva, imitando a Travolta en Fiebre del sábado noche. Ahora ya no existe la funeraria, se ha transformado (y trasladado junto a un polígono industrial) en un gigantesco tanatorio que recientemente ha criado un vástago moderno, junto a un centro comercial (ya se sabe, es un negocio sin vacas flacas, siempre se muere alguien). Pero Pepe estaba allí, frente a un Tous donde venden joyas y dijes con carita de oso sonriente, como un totem de la nostalgia, levantando el brazo como diciendo “staying alive”, o sea, sigo viviendo.

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