Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí

El sábado II

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De un sábado de aquellos a uno de estos hay hoy un abismo y, a la vez, un suspiro. Quizás lo único que los une son personajes como el travolta de la funeraria. La vida de pueblo (y la de ciudad) tiene esos nexos, seres que deambulan, están siempre presentes y frecuentan los núcleos de actividad social: la terraza del Marfil, las redacciones de los periódicos, la Peña Madridista, la emisora local, la grada del estadio. Son eternos hasta que un día desaparecen del mapa, como le ocurrió a Manolico Bazoca, Marcos el luchador, a Pin y a tantos otros.

No voy a hacer un recuento aquí de los freaks de mi ciudad. En realidad, no soporto que se utilice tanto últimamente esa palabra, que en realidad no es un mote condescendiente para los-personajes-raritos-de-los-que-todo-el-mundo-se-puede-mofar. Su traducción es “monstruo”, hay que saberlo. Todo viene de Freaks, la famosa parada de los monstruos de Tod Browning, en la que el hombre serpiente, la mujer barbuda y una tropa de criaturas con una deformidad en el cráneo que lo hacía asemejarse a un cono compartían su tristeza con una bella pero cruel bailarina. No me interesa ir por esos derroteros.

Pero no sé por qué me acuerdo de ellos ahora que quiero escribir sobre mi pueblo; sobre todo de ellos. No conozco todas sus anécdotas, aunque sé más sobre los que están vivos, porque travoltas de la Siempreviva (tiene tela el nombrecito que le puso el dueño de la funeraria, un cachondo que hizo reír a todo un nobel impávido como Camilo José Cela cuando pasó un día por la plaza de Sindicatos, más tarde de la Constitución) hay unos cuantos en este rincón del mundo y seguirá habiendo. Algunas anécdotas eran graciosas, lo prometo. Sólo que ahora no recuerdo ninguna historia completa, salvo una que no sé si atribuir a Pin. Fue a inaugurar una exposición el pequeño pero activísimo presidente de la Peña Madridista y en el momento de presentar al artista dijo “con ustedes, el señor Citroen”, cuando el pobre artista se llamaba Renau, Josep Renau. Lo alarmante es que Pin presentó a muchas celebridades a lo largo de los años, astronautas incluidos. Con su gracejo local y desparpajo y extroversión habitual. Ahora tiene una estatua, merecedísima sin duda, muy cerca de donde se inauguró el otro día la de mi abuelo y coetáneo suyo.

De Manolico Bazoca sé poco: que tenía nombre de chicle de fresa, que desfilaba todos los años con los Moros y Cristianos y que (creo que era a él) todos los domingos en el Marfil los señoritos le llamaban a su mesa y le daban a elegir entre un real (25 céntimos) y una peseta. Y él siempre elegía el real. Los señoritos se partían de risa, semana tras semana. Hasta que uno le preguntó: “Manolo, hombre, ¿por qué eliges siempre el real?”. “Porque”, respondió él, “si el primer día me hubierais dado la peseta ya no me habríais dado más”.

Pero poco más. Ahí se acaban mis conocimientos sobre la materia. De Marcos el luchador próximamente me enteraré de cosas ya que trabajo con un ex boxeador amigo suyo de casi 80 años. Lo veía cada día camino del instituto delante de su casa con aspecto de leonera o vertedero posatómico. Bigote, grandes triceps y melena leonina. Bebía y tomaba el sol con sus amigos contemplando el desfile de estudiantes hacia La Asunción.

Pero no sé por qué he empezado hablando de estos señores.

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