Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí


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Loli III (y fin)

3. La vida sin Loli.

Valdepeñas, el apellido de La Niña Viajera, había unos pocos en el listín telefónico. En esos días libres, llamé a todos. Dejé mensajes en contestadores, incluso ordené una caja de vino tinto a la delegación argentina de la empresa española del mismo nombre. Pero ninguno correspondía con el número de La Niña Viajera. Me cansé de indagar sin resultado y decidí esperar a que ella misma diera noticias.

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Loli II

2. Yo y mis circunstancias. Loli, La Niña Viajera, desapareció y yo volví a mi pin pan pun. Sólo que, en vez de ponerme a vender marisco, reanudé mi oficio de vendedor de ordenadores. Esta vez por libre, que tiene la ventaja de que el traje es opcional. También empecé a salir con Lucía, una chica bastante adecuada a mi situación en ese momento. Cosa que hice gracias a Loli. Tal vez la niña misteriosa del parque me hizo entender que no debía sumirme en el aburrimiento, que debía intentar divertirme un poco. Con Lucía me iba bien aunque, como es lógico, mi vida no estaba llena del todo. Más bien estaba todavía medio vacía.

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El cansancio contraataca

Ha vuelto el cansancio. Después de varias semanas en las que me he encontrado inauditamente bien, regresa este aplastamiento generalizado (aplastancio, lo llaman por ahí) que me impide dar dos pasos sin resoplar o arrepentirme al instante cuando salgo a la calle y, como consecuencia, vuelvo sobre mis pasos en busca de un butacón. Se me va el buen humor y el optimismo relativo habitual en los últimos días y caigo agotado en el primer rincón. De nada han servido el cóctel de pastillas recetadas por psiquiatras y neurólogos o las agujas de Huma, mi acupuntor.

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