Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí

Loli III (y fin)

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3. La vida sin Loli.

Valdepeñas, el apellido de La Niña Viajera, había unos pocos en el listín telefónico. En esos días libres, llamé a todos. Dejé mensajes en contestadores, incluso ordené una caja de vino tinto a la delegación argentina de la empresa española del mismo nombre. Pero ninguno correspondía con el número de La Niña Viajera. Me cansé de indagar sin resultado y decidí esperar a que ella misma diera noticias.


Lucía quería casarse. Lo sospeché por un par de películas que vimos juntos y que ella había elegido, Los padres de la novia y Novia a la fuga. A mí esas indirectas me enfurecían, pero no dejaba que se me notara. Alguna vez me vi en medio de una conversación con ella y su amiga Laura sobre el reloj biológico. Las dos, rubias y tituladas en marketing, habían cumplido 30 años y ya se sentían como los jugadores de fútbol en la tanda de penaltis de una final: esa urgencia del ahora o nunca. Yo las comprendía, sólo que tenía otras prioridades en ese momento. Cuáles eran mis prioridades, era algo que todavía estaba por averiguar.
Cuando me encontraba en una encrucijada socialmente molesta, me encerraba frente a mi ordenador. Un día de esa índole, mientras consultaba sin éxito mi e-mail, me percaté de la presencia de un segundo sobre marrón (otra vez sin remite ni destinatario) sepultado bajo el teléfono negro y una pila de manuales informáticos. “Lo habrá ordenado Lucía”, pensé. Dentro estaba la cd-card que le había regalado a Loli. Quizás La Niña Viajera la perdió y alguien la depositó amablemente en mi buzón. La introduje en el lector de compact discs de mi computadora. A continuación, inesperadamente, se dibujó en la pantalla un símbolo: dos ramitas de acacia entrelazadas sobre la palma de una mano. Y letra a letra, la frase “¿Quieres jugar?”. Pulsé instintivamente en el sí. De sopetón, desaparecieron el logotipo y la leyenda que incitaba a la diversión. No hice mucho caso pero, por prevención, recurrí al Norton Antivirus, que tampoco tuvo trabajo esa noche. Comprobé de nuevo la cd-card y volvió a salir mi imagen de la sala de juntas con un rotulador en la mano y desplegando mi intrincado vocabulario informático.
Abrí de nuevo mi relato inacabado. Enseguida, en forma de arcada virtual, me inundó una profunda necesidad de oxígeno. Salí al exterior, respiré y agarré el colectivo. Salvo por una mina embarazada con la estupenda barriga al aire y un par de veteranos de las Malvinas que subieron a hacernos el verso e intentar vender alguna billetera de piel auténtica a un peso, el autobús tenía poca vida. Me apeé junto al Hard Rock Café y caminé frente a los locales decorados con efigies egipcias de cartón piedra de los alrededores de la plaza Francia y junto a los taxis sedientos de yuppies latinos recién alimentados. Sorteé un par de jóvenes paseantes calmadas por el laberinto de jardines y los puestos de venta de bisutería y echadores de cartas. Levanté la cabeza. Tal vez fue el deseo de observar cada centímetro a mi alrededor. Anduve lentamente, miré la punta de mis zapatos, sonreí a un clown que ofrecía su espectáculo envuelto por una muchedumbre, a unos malabaristas que parecían familia, a una estatua viviente de Gardel que, al dejarle caer una moneda, se arrancó a cantar: “Verás que todo es mentira, verás que nada es amor….” Y, mientras me alejaba del Centro Cultural Recoleta, me detuve en seco al escuchar a un hombre que murmuraba palabras incomprensibles acomodado sobre una de las prehistóricas raíces de un gigantesco ombú. Entre ellas, percibí: “¡Enriqueced el intelecto! ¡Enriqueced el intelecto!”. Me aproximé, iba vestido con una chaqueta incolora de paño y un sombrero de tanguero descosido por el cogote. Usaba gafas de montura de pasta y estaba asediado por periódicos. Identifiqué el Financial Times y Le Monde Diplomatique, además de un Página 12 desmembrado y desperdigado por el suelo. Sus rasgos eran huesudos y firmes, las patillas blancas le conferían un perfil marcial. “Usa la cabeza”, me espetó al volcarse repentinamente hacia mí. Me recorrió una risa por el pecho, aunque impedí que aflorara por miedo a ofenderle. “¿Sabe que sólo utilizamos el 10 por ciento de nuestro cerebro? ¿Qué me dice, qué me dice? ¡Qué me va a decir!”, gritó de manera algo agresiva. Y continuó su palabrería imitando otra voz, la que él pensaba que yo podía tener: “¡Pregúnteselo a Dios, a Darwin, al Papa, al presidente del Banco Mundial!”. “Claro, claro, usted qué va a saber. Siga sus pasos, ciudadano…”. “¡Enriqueced el intelecto!”, insistió, y se sumergió en su nube de papeles, como buscando la secreta coreografía de las danzas de la Bolsa. Rescaté del aire una de las hojas sueltas y, cuando me iba casi huyendo, oí unas últimas frases, dichas crípticamente por el viejo: “El mundo es problemático. Escucha tu primera voz, es él quien te habla”.
Me puse a escribir como loco. Transcurrieron meses, todos los del verano austral, y seguí encarcelado en mi zoo de Caballito. Me dejé la barba. Salía lo justo para ir a comprar bifes de chorizo, leche, cigarrillos, cerveza Quilmes, factura, yerba mate, empanadas criollas y bases de pizza. Me sentía enfebrecido. El texto se escribía solo, la narración avanzaba independientemente de las pulsaciones de mis dedos. Me detenía para entregar un ordenador o reparar un escáner. O para saborear un locro humeante en una taberna a la que me conducía Lucía cuando se hartaba de verme encerrado. Y corría frente a mi máquina. Ella se ocupaba de cocinar cuando venía por casa a la noche. Pero, adormilado y satisfecho, le pedía que se marchara de madrugada. Descansaba seis horas seguidas y proseguía mi misión.
La visión del viejo se me aparecía intermitentemente. “El mundo es problemático”. ¿Tu primera voz?
A finales de enero, había redactado más de tres cuartas partes de un posible best-seller en clave de thriller. Una novela de intriga política, situada en la pasada dictadura militar. La cuestión fue que metí en el correo un manuscrito huérfano de final. Al poco tiempo, recibí una llamada de la editorial incitándome a que me presentara al concurso que convocaba. “Termine su novela, tiene posibilidades”, me dijo una voz de mujer que habló después de su secretaria.
Era jueves y salté a un vagón del subte para dirigirme a la Plaza de Mayo. En esos días, mis jueves poseían un recién estrenado aliciente. Di vueltas y más vueltas en simbiosis con las madres y abuelas de Mayo. Como habría odiado que me consideraran un intruso o, lo que es peor, un fachista, me presenté en su momento como español (algo obvio al abrir la boca) y simpatizante. Las señoras me invitaban a su incansable manifestación por las erosionadas baldosas blancas, que se prolongaba a lo largo de varias décadas. Yo utilizaba los giros para meditar, aunque me asemejara a un gurú del izquierdismo o a un profeta de la gran América que quiso el Che Guevara. Ese jueves salí de la fila móvil antes de tiempo. Hebe de Bonafini, una mujer alta y corpulenta, gran batalladora, me preguntó si me encontraba mal. Me ofreció uno de los plátanos que portaba encima para combatir la diabetes. No era debilidad, aunque sé que parecía traspuesto.
“Las marchas por la Noche de los lápices tienen un perfil de izquierda bien definido. Al igual que en los escraches y parte de la movilización universitaria, el blanco de las protestas es tanto Menem como De la Rúa y Fernández Meijide marcando la continuidad con la dictadura y la complicidad con los organismos económicos internacionales. Además tienen la especificidad de ser expresión directa de la movilización de colegios secundarios, que confluye siempre con la crítica global al sistema”.
Me despedí de Hebe y me retiré a un rincón de la plaza. Me había acostumbrado a escuchar mi primera voz, la que me apuntaba en cada instante, como a los actores de antes, cuál era el siguiente paso a dar. Bajo un aspa de rayos solares que se esparcía entre árboles, anoté en mi libreta una idea, la enlacé con otra y, a continuación, con otra. Deshice el viaje subterráneo garabateando sin freno, vi la luz en Rivadavia al 5.000 y marqué el punto final unas cuadras más allá, en el ascensor de mi edificio. Transcribí compulsivamente las anotaciones de mi libreta en el ordenador, a la vez que devoraba unos sandwiches de miga. El último tecleo coincidió con la aparición del extraño dibujo de las ramitas de acacia oferentes y de otro mensaje escrito en la pantalla: “Fin del juego”. No di a leer a nadie mi novela, confié en el visto bueno dado por el ente informático y anónimo que, supuse, se había colado en mi aparato. Al día siguiente, fui al correo, envié el capítulo final y suspiré.
Oí frecuentemente la voz de la mujer de la editorial durante las siguientes semanas. Siempre con la secretaria como vínculo. Seis o siete llamadas más tarde, marcó ella misma para rogarme que asistiera, dos días después, a la fiesta de entrega de premios de su concurso literario en un lujoso restaurante de La Costanera. Lucía, excitada con la idea, aseguró que no se la iba a perder por nada del mundo, a pesar de que en su empresa estaban en plena auditoría.
La tarde de la gala todavía no me había decidido a acudir. Sobre todo porque no había vendido un puto ordenador en meses y, por lo tanto, no tenía plata para un traje nuevo. La casera me tenía simpatía pero yo sospecho que era Lucía la que se encargaba de pagar mi alquiler. Igual que era la que compraba y preparaba nuestras cenas. Me puse a ver Almorzando con Mirtha Legrand. Noté a la presentadora envejecida, quizás más de lo normal en ese entorno rosado, concheto y rococó de su plató. Tenía como invitados a su mesa de ese día al cómico Enrique Pinti y su verbo atropellado y al actor Ricardo Darín y su flema de hombre común. Cuando Legrand se despidió como siempre de la fotografía enmarcada de su marido muerto – “Hasta mañana, chiquito. Y recuerden que este programa trae suerte” -, desempolvé el terno que usaba para las reuniones de con mi ex multinacional y tomé un taxi.
Me perdí largo rato por La Boca, el barrio de edificaciones tornasoladas con melancólica banda sonora propia. La ropa tendida en fachadas de tablones azules o amarillos. Traté de memorizar cada hierro y estructura, cada grúa y buque estrafalario, del puerto. El agua de betún manchada de aceite. La mezcla de colores producía como resultado una tonalidad plateada. El atardecer dejaba centellear brillos como espejitos que piden socorro desde una balsa a la deriva.
En La Costanera, un paseo marítimo de diseño, incluso visité un barco para guardamarinas por el que no sentía el más mínimo interés. En la puerta del restaurante al que me habían citado, dudé ante una señorita con traje de chaqueta imitación de Chanel que me dio la bienvenida: “Soy Luis López, no sé si estoy en la lista”. Sí estaba. Me senté delante del cartelito de cartón con mi nombre mientras los camareros terminaban de extender, con suma exquisitez, infinidad de cubiertos a cada lado de mi plato. Entró una tropa de personajes emperifollados. Llegó Pinti, al poco, Darín. ¡Y Legrand! Dientes blancos y manos cruzándose entre sí. La voz de mujer de la editorial tomó cuerpo después de que se me presentaran, muy ufanos, el director de publicidad, la de relaciones públicas, la responsable de prensa y el presidente de la fundación, así como el jefe máximo del grupo, con sede central en España. Salvo este último, todos me dieron un beso en la mejilla. Las cámaras de televisión invadieron el semicírculo formado por los comensales en el interior de una columnata de enredaderas con aroma plastificado.
Por fin, la voz de mujer tomó la palabra sobre el entarimado, al otro lado de un atril de fibra de vidrio. Su discurso avanzaba a ritmo de cifras, estadísticas y parabienes a sí misma y los miembros de su equipo.
En las sillas vacías situadas a mi derecha – reservada para mi acompañante – y a mi izquierda – para la acompañante de mi acompañante -, se sentaron una joven de celeste, a la que no reconocí al principio, y su clon. Eran Lucía y su amiga Laura. A Lucía nunca la había visto con ese vestido. La hacía más mayor. Y el pelo recogido en una caracola, más joven. Me explicó en pocos segundos su aventura para escaparse de la auditoría, retirar el vestido de la tienda en la calle Florida, peinarse en una peluquería, maquillarse en un remís atravesando Buenos Aires… Yo le asentía a ella y al desfile de tantos por ciento de la mujer del púlpito. Unos cámaras habían decidido cegarme, así como los destellos de la sonrisa de Laura. Lucía me besó en los labios contentísima y sujetó mi brazo. “No te has afeitado”, me murmuró al oído. Por fin, los camareros sirvieron los entrantes. El principal, cóctel de langostinos con salsa rosa.
“Por unanimidad y ante notario, el jurado bla bla bla ha decidido que el ganador del vigésimo tercer certamen de literatura bla bla bla es: Luis López”.
Aplaudieron y Lucía levantó mi brazo y el resto de mí detrás de él. Floté en cámara rápida hasta el escenario y, a los tres pitidos de micro, con un cheque en la mano, un ojo cerrado y otro abierto, dije: “Muchas gracias…”.
Hubo un largo silencio adornado por el tintineo de cucharillas de plata rozando vidrio y porcelana. No me di cuenta de que ese vacío sonoro debía llenarlo yo. Allí de pie me vino a la mente, precisamente no sé el porqué, el hambre que empezaba a hacerse un hueco entre mis otros pensamientos. Intenté mirar a través de mis gafas turbias y de los focos de la fama.
“El mundo es problemático. Enriqueced el intelecto”, acerté a pronunciar.
En la entrada del local, la chica de pseudo Chanel presenciaba la escena impávida. Detrás de ella, en el vestíbulo, del otro lado del cristal, aprecié una figura de contorno diminuto. Era La Niña Viajera. Me miró durante unos segundos, hasta que un calvo con un auricular la condujo a la calle. Bajé del escenario, un grupo de periodistas me siguió con sus micros. Por el camino a la salida, atrapé al vuelo tres cócteles de langostinos que transportaba un camarero. Me puse a correr sin despedirme de nadie. Se me había manchado el traje de salsa rosa.
En el exterior, nada. Ni rastro de Loli. Deambulé un trecho abrazando las tres copas de los entrantes. Me sentí atraído por el Río de la Plata, inspeccioné el horizonte con la vista. Allá delante, a una distancia oceánica, adivinaba mi hogar. En el filo interminable de las olas. Pregunté a un pescador despatarrado en una silla plegable si picaban. Se me quedó mirando como si estuviera trastornado. Yo era un barbudo ralo con tropezones de marisco sobre la indumentaria, ahora lo entiendo. Unos metros más a la izquierda, en un banco, una chica de negro tocada con una boina verde agitaba la pierna cruzada. A su lado, Loli charlaba con ella. La joven le entregó una tarjeta digital. Lo pude ver. La niña guardó la cd-card en su mochila abultada y bailó, un pie sí y otro no, hacia un hombre mayor que se apoyaba en la balaustrada de madera. Era el viejo del ombú. Ella se amarró cariñosamente a la mano del abuelo, me obsequió con un guiño fugaz y ambos se marcharon tranquilamente. La oscuridad se desplomó del todo.
Esa noche cené langostinos en Eceiza, en la sala de embarque del vuelo de Iberia con destino a Madrid.
“La ternura de la infancia en el rostro y la utopía de la adolescencia en el alma, con los típicos delantales blancos reclaman el boleto de transporte escolar, suprimido por el gobierno militar. Creen que su demanda es justa, especialmente para los chicos pobres. Viven en La Plata y los fines de semana ayudan en las villas miseria. En esa madrugada son arrancados de sus casas por los hombres del general Camps, jefe de policía, en su plan perverso de eliminar cientos de adolescentes subversivos. Pablo Díaz sobrevive al horror y tiene fuerzas para contar lo vivido en el campo clandestino Pozo de Banfield, donde permanece cuatro meses con sus compañeros y otros secuestrados. “Estar desaparecido -dice- es recibir picana eléctrica en todo el cuerpo, que nos arranquen las uñas, estar quince días a sólo pan y agua, con una soga al cuello, las manos esposadas, los ojos vendados, los cabellos crecidos, sin bañarse. Las chicas manoseadas y violadas cada noche”.

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2 pensamientos en “Loli III (y fin)

  1. QUE PENA..QUE NO HE TENIDO TIEMPO DE LEER NINGUNO DE LOS RELATOS DE LOLI..ESPERO PODER ESTE FIN..IGUAL TE DEJO UN ABRAZO..

  2. Hola Natalia, espero que te guste. A ver si tengo tiempo yo también de escribir más. Un abrazo.

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