Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí

Relato

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El protagonista de este relato es Mario, un joven de 26 años.
Mario, por qué no. Y 26 años porque es necesario que sea alguien que pueda mirar atrás con nostalgia, que tenga años y probabilidades de haber sufrido, capacidad de llanto o agobio o arrepentimiento o frustración. Y a esa edad normalmente ya se ha vivido lo esencial y ya se han dibujado en la piel las líneas básicas por las que viajará la pelota, si me permiten el término futbolístico. Existe la posibilidad de cometer errores, es a partir de entonces cuando se cometen los más gordos, y también de enmendar alguna frivolidad juvenil. Y ya nadie vigila, se acabaron los años de estudios en los que estás sometido a reglas, fechas y pruebas, con varios filtros en tu radio de acción. Eres libre de meter la pata, en definitiva.

Mario ha comenzado a meter ya la pata, como supondrán. La vigilancia de padres, familiares, profesores, amigos (sobre todo, amigas) más cabales siempre ha habido la posibilidad de sortearla, aunque a los 14 años tuvo la oportunidad de probar el primer canuto ofrecido por un chico con el pie apoyado en el banco del parque y no lo hizo. No hubiera pasado nada, pero no lo hizo. No lo hizo porque nunca estuvo en ese parque imaginario, que hubiera sido territorio de los enrollados, los modernos, los duros y precoces. Él era de los que se quedaban en casa o, a lo sumo, saltó una vez la valla vegetal de un caserón abandonado en compañía de sus primos, por un afán más investigador que gamberro.
Mario fue buen estudiante hasta que aparecieron las chicas ya en serio. Antes, a los 12 años, habían aparecido las chicas en inolvidables escarceos a la hora del comedor en el colegio. Los enrollados, liderados por un repetidor, jugaban a beso, morreo o revolcón, un paso más allá del pacato beso, atrevido o verdad. No quiero ni pensar a lo que juegan los niños hoy en día. Mario jugó un poco por libre, como suelen ser esas cosas, a eléctricos encuentros con Dori, la hermana de Dori -o con los labios de Dori y su hermana- y más tarde en ese mismo curso, sexto de EGB o tal vez ya séptimo, Encarni y Marisol. Con Encarni hubo más besos en el camino al colegio y el roce provocado con esos pechos diminutos en una ocasión. Ella dio un respingo pero salieron durante quizás una semana, en la que Mario la visitaba con su bicicleta Orbea de manillar psicodélico, hasta que la niña dijo que para ir al cine juntos debían ir acompañados por Dolores, la Amortiguadores, y el repetidor, Gabriel. Mario se negó a llevar carabina, o quizás a salir al cine con una niña, más por la falta de costumbre que por otra cosa, y ahí acabó la cosa. Tampoco es que hubiera muchas más ganas de besos o roces. Y si los hubo, Mario se consoló (es un decir) de aquella primera ruptura (increíblemente, rompió él) con la amiga de Encarni, Marisol, que era una réplica en rubio aunque no tan guapa pero que también besaba y se dejaba rozar en la parte de atrás del colegio. Sexto y tal vez séptimo de EGB fue una época memorable por lo que tuvo de descubrimiento. Duró poco. En octavo, esas niñas, más desarrolladas que los chicos, empezaron a salir a discotecas y la orgía de besos se terminó hasta pasados unos años. Los 14 y los 15 fueron de sequía total, no por falta de ganas.
Ya en serio hicieron irrupción las chicas en la vida de Mario dos o tres años después, en plena adolescencia. Antes, Eva con su rebeca blanca fue un amor de verano que duró un día. Allí, en las rocas de Santa Pola, junto al Club Náutico, Eva le dijo a Mario que estaba muy comprometida con un chico de Elda, su pueblo, y las caricias junto al malecón quedaron suspendidas como el vapor de un leve oleaje. Así que Mario se guardó el amor en los bolsillos del pantalón y continuó el verano de nuevo con la sensación de euforia por haber sido fugazmente correspondido y de dolor por unos besos interrumpidos.

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3 pensamientos en “Relato

  1. Educación General Básica.

  2. Que chulo Andriu, me encanta Mario.

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