Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí

Dibujos

5 comentarios


Concepción Jerónima cuelga cuesta abajo desde la plaza de Benavente hacia la Cava Baja. Cada vez que he vuelto a pasar por allí, me lo he imaginado sentado tras un ventanal del restaurante de enfrente de su casa, enrollado en una larga bufanda. O quizás es que no me lo imaginé y alguna vez lo vi realmente en ese lugar.

En esta ocasión fui a visitarle con mi padre, que se apresuraba con los rizos alborotados hacia el portal. Yo sería un chaval de unos diez años.

Nos recibió Jose, su secretario personal, que se saludó cariñosamente con mi padre y enseguida nos condujo a través de un oscuro pasillo al dormitorio, un cuarto que hacía las veces de lugar de trabajo. Nuestro amigo estaba recostado en la cama con la tele encendida pero sin voz. Después del abrazo, se volvió a sentar sobre la cama y siguió con lo que estaba haciendo: dibujar con un bic sobre un bloc de tapas negras. Mi padre se sentó en una silla a los pies de la cama. No sacó nada para apuntar. El cuestionario comenzó y yo, al cabo de varias preguntas y respuestas, que escuché con mucha atención, casi con devoción, empecé a aburrirme.

Me escabullí hacia el pasillo y me dirigí a una estantería instalada en un recodo por el que acabábamos de pasar. Me senté en el suelo y saqué con cuidado un volumen de arte lujosamente impreso. Pasé unas hojas en las que aprecié reproducciones de obras abstractas que sólo consiguieron saturarme en pocos segundos. Devolví el volumen a su sitio e inspeccioné la siguiente leja. Para mi alegría, eran cómics. Uno en concreto, que deslicé a mi regazo, era un cuidado álbum de Moebius. Eso ya era otra cosa. Por muy marcianos que fueran los dibujos, ilustraciones de ciudades futuristas recorridas por vehículos voladores, colores difuminados gracias a una técnica en ese momento innovadora, eran figuras reconocibles, placenteras para un niño como yo. Me sumergí en algunas de aquellas páginas, que daban para un buen buceo visual. Revisé otro Moebius y a continuación identifiqué un Daniel Torres: dinosaurios de trazo negro y hombres enfundados en plástico. Acostados a un lado de los libros reposaba una pila de revistas, eran Comix Internacional y Zona 84. Los dibujos voluptuosos de Richard Corben me desconcertaron un poco y al rato de ver músculos y miembros viriles, decidí que seguramente no estaba haciendo nada bueno toqueteando entre las cosas del amigo de mi padre.

El pasillo estaba decorado con una franja de papel pintado que dividía la pared en dos colores. La franja quedaba a la altura de mi cabeza y me iluminaba el camino. Seguí caminando y comprobé de refilón que en el dormitorio todavía charlaban. Al final del pasillo la vivienda clareaba. La cocina en la que pude ver de espaldas a Jose, entre cacharros, estaba inundada de luz. Doblé a la derecha y encontré el baño. Nada más entrar, creí haberme confundido. Al instante, comprendí. Era un baño, pero estaba decorado como un salón aristocrático. De las paredes colgaban cabezas blancas de caballos de cartón piedra, una enorme melena de león, un hocico de ciervo asustado. Meé como pude y tiré de la cadena, con un estruendo que sonó a rugido de la selva virgen.

En el otro extremo de la casa, donde me refugié del susto, había un gran salón en el que colgaban cuadros sin duda de grandes pintores, un sofá de cuero marrón y una mesita de café ocupaban el centro de la habitación que se comunicaba con un despacho a través de unas puertas corredizas. Las ventanas daban a Concepción Jerónima, estábamos en el piso cuarto o quinto. En el despacho, una gran mesa de madera ocupada por libros y papeles. Miré alrededor y, además de la biblioteca que me rodeaba, no vi a nadie. Encima de la mesa me topé con unas cuartillas con dibujos de diablillos empalmados, brujas con cuerpo de bicicleta y dos chorros por tetas, elefantes con pollas en lugar de trompas, jirafas de pestañas rizadas. Me sentí un intruso y, colocando en orden las ilustraciones, tropecé hacia el dormitorio.

5 pensamientos en “Dibujos

  1. !Coño, qué memoria! Hace ya unos uantos años de eso. Mira por donde, tú pudiste ver mucho más que yo de esa casa. Se te ha olvidado o no has mencionado que detrás de nosotros, en ese salón-dormitorio donde tuvimos la conversación había unas fotografías ampliadas de obreros y obreras de fábricas de alpargatas de Elche. Se las había regalado yo cuando visitó Elche y te dibujó esa mujer-león que está ahora en Los Arenales. Las fotografías son de Espinosa, el compañero en las lides cinematográficas de tu abuelo Nazario. Allí las tiene aún, enmarcadas, presidiento su sancta sanctorum.
    No sé cómo está. Tendré que llamarlo.
    Muy bueno eso.

  2. presidiendo, quise decir. Claro.

  3. Me encanta la descripción de la casa de F. N. Yo también estuve allí de nano con pa pito y flauta, pero como era un niño bueno, me quedé aguantando la charla y solo me acuerdo de la pareja y ese aire señorial de la casa… Leer tu descripción ha sido como viajar a aquel momento lejano, encontrarme con un amigo invisible y hacer travesuras en casa de un desconocido.

    Gracias!!

  4. Por cierto, ¡¡¡Coño, qué memoria!!!!

  5. Por cierto, ¡¡¡Coño, qué memoria!!!!

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