Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí

Sitio de piedra gris (II)

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En Estados Unidos siempre van adelantados en todo.

Cementerio de sacerdotes en Villanova University. En Estados Unidos siempre van adelantados en todo.

Sitio de piedra gris (II)

Segunda sesión.

Lunes de nuevo. Corina se sienta en la larga mesa y mata el tiempo ilustrando flores de carbón en su cuaderno. Saluda De la Gándara, saluda Cosme. Hoy Siles no vendrá, anuncia el director del taller. Por trabajo, miente. Horacio y Carlos llegan enseguida, planean sobre sus asientos como gallinazos que acecharan carnaza desde las alturas. Intercambian amistosos pellizcos con el resto, balanceando sus negras alas sobre el poema abierto en canal por Corina, una doble página cuidadosamente cosida, adornada por salpicaduras en forma de párrafos delicados, igual que rizadas pestañas de niña. A la vez, entra Vito acompañado por gruñidos de bienvenida y sus cansados aspavientos chocan sucesivamente contra las libélulas flotantes de Corina y los antiversos de Cosme, que en ese momento chispean sobre el tórtolo.

Gardner ya había sido dado de alta y se recuperaba en Tolentine, sondado en vino de Napa Valley y con una clínica estable, dentro de la lógica reserva, comunica De la Gándara. Alberto continúa con su discurso introductorio habitual en cada sesión, esta vez amenizado por las últimas noticias, las que han estado en boca de todos en la última semana. La policía no ha encontrado a nadie, ha dicho el confidente que ha dicho Caroline que ha dicho el inspector del condado de Montgomery.

De la Gándara abre la reunión y Horacio parece levantarse aunque no lo hace, se yergue en su metro ochenta de estatura, dirige la mirada al papel y eructa una idea y luego otra y otra, una colección de letras que estrella contra la pecera y comienza a chorrear cristal abajo como si de un albatros suicida se tratara. Todos hacen sus comentarios, fructíferos, sabrosos, endulzados en sus bordes y amargos en la semilla crítica del manjar. De la Gándara se frota las garras con un ruido estridente y Carlos golpea nervioso el lápiz en la madera prensada. Vito dice algo sobre la benzina contenida en el refresco Zero que sorbe Corina; los demás le ignoran y toman el comentario como un punto y aparte en la narración colectiva de hoy.

Carlos ha traído excepcionalmente un texto. Lo celebran entre tics salvajes. Adelante, dice De la Gándara. Comienza la lectura y caen destellos ásperos sobre el flanco derecho, un barniz de membrillo en el centro, además de diversas caracolas domésticas en el izquierdo. Cuando el cuadro queda completado, el boquerón abre bien sus agallas para tomar oxígeno y colear con su rojas membranas al aire. El resultado es feliz pero más de uno se siente infinitamente disgustado por un instante. Son los mohos que han aparecido sin saber por qué en las paredes de vidrio y en las rocosidades de la gruta. Mientras, siguen cayendo como copos de cieno fonemas desmenuzados por los dientes afilados del boquerón. Comentan lo escuchado y protestan de diferentes maneras, salvo una que sería la más consecuente: arrancando de un bocado la cabeza del pez.

Corina los mira con círculos concéntricos y coloca los papeles en un golpe seco. La fauna que la rodea emite sonidos delirantes y las hojas gotean púrpura. La alondra pide permiso y afina las cuerdas vocales en un gorjeo inaudible. Posada en la rama más baja, suelta lo que lleva en su interior alimentando de esa manera a sus crías, que abren sus picos exageradamente, de manera dolorosa. Les deposita gusanos masticados y retoma el vuelo hasta que se desbandan las bestias carroñeras, que yacían adormiladas en una esquina de la habitación. La alondra vuela hacia lo más alto y, al descender, se mimetiza con el paisaje de los congregados.

De esa manera tan terrenal, ha entonado su canto. De la Gándara le da las gracias y, al comprobar que nadie más se anima hoy a leer, se decide él mismo a picotear en su extensa producción lírica. Saca un librito impreso en 1985, elige una página con la esquina doblada y recita estrofas que parecen una poética, como todas las estrofas de todos los poetas.

El escritor va metamorfoseándose al avanzar en el sistema lingüístico por él dispuesto, respiraciones esforzadas con cada conjunto gramatical, frases en forma de guirnaldas y vueltas diluido plancton. Se aposta frente a las especies posteriormente engullidas, microorganismos animales y vegetales suspendidos en una niebla líquida, como un cetáceo testarudamente hambriento que castañetea las mandíbulas hasta que sale y entra todo lo necesario, se transforma en mar o en espesura o en pradera de posidonia, se sacia y escupe un pequeño hueso de ave. Al recibirlo, se excitan sin sentido los buitres del rincón, contagiando su nerviosismo al boquerón, el tórtolo y la alondra.

Una vez finalizada la exhibición, Alberto respira hondo y larga una historia de las suyas, del momento en que fue escrito el poema, de la manera en que la dictadura chilena destruyó la educación pública de Salvador Allende, cuando se marginaron los conocimientos básicos para entender la vida por una mayoría en beneficio de las herramientas para descifrar los mecanismos del dinero por unos pocos.

Un pensamiento en “Sitio de piedra gris (II)

  1. como me gustaaaaaaa, quiero más!!

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