Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí


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Poema de no amor número doscientos millones

Teresita_Fernandez

A Teresita Fernández

No puede haber soledad para ti mientras yo exista. Así cantaba esta juglar pobre, nómada y libre. Enlazaba un verso con otro con un seseo que me recordaba al de la Memé cuando cantaba en las sobremesas familiares. Sus mejillas sonrosadas por todo ese nomadeo, y también por ese ron, me hacen adivinar las facciones de mi padre, su gran amigo. He visto en el documental de aquí abajo a Teresita señorita, joven, elegante, una preciosidad. Ha sido muy fugaz, una instantánea, como suele serlo también la juventud, que pasa corriendo y te deja con la boca abierta. Justo hoy, al rato de encontrarme con mi no amor, que me visita periódicamente, mensualmente, por un día o dos, para recordarme esta soledad. Me había ilusionado con alguien inexistente y lejana, que también tiene derecho al amor, todo sea dicho. Una vez más me visita esta soledad tan inoportuna. Me han hecho también esta mañana una entrevista y creo que me han preguntado, entre otras cosas, qué es para mí el amor. Me parece que he hablado de espejos. Pero la pregunta me ha obligado a pensar qué es realmente para mí el amor. No lo sé. Quizás para mí sea esta canción de Teresita, la emoción que desprende alguien de 80 años subida a la noria de la vida hablando por los codos. En tres semanas en casa ya nos había contado las mismas anécdotas tantas veces… Y ahora me canta que no puede haber soledad para mí, mientras ella exista. Y ya no existes, Teresita. Tampoco la Memé ni mi padre. Solo me queda escribirte este mi poema de no amor número doscientos millones, que vibra entre las cuerdas de tu guitarra, de tus dientes mellados, de tu tabaco mascado, del hígado machacado. Mi amiga Teresita, vuelas alrededor de mi desengaño y alegras tantas imágenes gatunas, millares de canas en mi memoria, los días van pasando sin vosotros, aquellos trovadores y cómicos de la legua que me arropasteis la juventud. Y me enseñasteis que no puede haber soledad para mí. Aunque ella no exista.

Documental sobre Teresita Fernández:

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“Bio”, un cuento de Marina Perezagua

Marina Perezagua retrato
Cómo abrir la boca lo suficiente como para tragarme el mundo. Es la primera línea que escribí recién nacida, recién separada de mi padre, ¡por fin separada de él! Mi madre se había ido. Hoy la quiero más que a nada porque eligió vivir. Mi madre se fue y yo nací, a mis trece años. El doctor me colocó bocabajo y me dio un azote para que soltara mi primer llanto. Fue un llanto de alegría. Mis amigos estaban ahí, me acunaron, me cantaron, me criaron. Hoy todavía están. Son carne de mi carne.Por un tiempo viví en una casa donde la puerta de entrada no se abría o se cerraba. Para entrar era suficiente levantarla un poco y apartarla. Decían que el barrio no era bueno. Mientras lo creí dormí con un cuchillo debajo de la almohada y una botella de cristal sobre el picaporte de la puerta de mi habitación. Después dejé de creerlo. Aprendí a confiar. A oler. Alguien me puso una puerta de las que se abren y cierran, con unas bisagras doradas. Pero para entonces yo ya tenía menos miedo y, la mitad de las noches, confiaba.

Iba a una buena escuela, porque por el camino aprendía mucho. Caminaba media hora. Todavía en mi barrio, algunas prostitutas maduras charlaban sentadas en sillas de madera. Me fijé en que a ciertas edades el vello púbico se cae, por eso ellas se lo pintaban. Si pudiera viajar en el tiempo volvería a sus casas para decirles que hoy está de moda la depilación integral. O mejor no, mejor volvería y les diría que la vacuna del sida se está retrasando. Cuídense mucho.

A los catorce años entré en el instituto. Era un instituto nocturno, para quienes trabajábamos por la mañana. El primer día conocí a mi gran amiga: M. La llamaría hermana, si creyera en el poder de la sangre. Me enamoré de un chico de un curso superior y durante cuatro años le escribí cuentos anónimos. Se llamaba Javi. Tenía una hiena. Era buena estudiante. Los profesores me querían y me ayudaban a decorarle la clase el día de su cumpleaños. Él no sabía quién lo hacía. Le fui fiel durante el tiempo que no supo quién era yo, y cuando lo averiguó ya estaba enamorada de mi primer novio. Yo tenía 18 años. A veces me pregunto si Javi guarda mis cartas. A veces, también, me gustaría pedirle que me las responda, que continúe ahora aquellas historias y me las envíe cualquier noche de invierno.

A los 18 años un juez me nombró tutora de todos los primos de mi parte paterna. Tíos, abuelos, padre… todos nuestros mayores estaban marcados por la locura. Yo continúo salvándome, pero una vez le vi la cara de frente. Fue cuando murió mi mejor amiga, M. Yo tenía 24 años. Adelgacé hasta los 42 kilos. Dejé de funcionar durante dos años. Mis otros tres amigos me salvaron. Ellos me sacaron de las consultas sacaperras de los psicólogos. Se me acabó la ludopatía de aquellas paredes empapeladas con diplomas firmados por el rey. Mis amigos me llevaron al campo, al mar. Ahora sé que uno sobrevive a muchas muertes, pero cuando oigo a un homeless gritar enajenado en la calle, siento que grita con mi misma voz.

Las mentes de mis primos también se han salvado. Todos están sanos. Excepto uno. Mi primo T. Nunca ha salido de su habitación. Tiene miedo. Sólo escribe. Es una máquina de escribir bien. Mi escritor preferido. El que nadie conoce. Yo le visito a veces y, cuando después de sortear los demonios del pasillo de mi tía, entro en su habitación, pienso que si existe una imaginación fuera de una persona, está ahí, en su cuarto, cámara de creatividades. Quisiera restregarme por su cama, por su escritorio, por su alfombra, como un caballo en un charco; pero el genio no se contagia. El genio es una garrapata que no agarra en cualquiera.

A veces pienso en mi padre, una mente perdida. Tiraba una caja abierta de cerillas al aire y las contaba antes de que cayeran al suelo. Dibujaba. Leía. Escribía. Inventaba palabras. Durante muchos años yo pensé que aquellas palabras existían, y de niña las utilizaba para comunicarme con mis amigos. Ninguno se preguntaba qué significaban, tan pegadas estaban al objeto. Eran la piel de lo designado. Hoy intento recordarlas y no puedo. Esa amnesia duele. Duele el lagarto sin la piel de su palabra. Mi padre también me enseñó a leer el terror, en los grandes libros y en sus ojos. A veces tengo pesadillas. Sueño que envejece y tengo que cuidarlo en mi casa. Temo que su espíritu no enflaquezca con la vejez. Entonces decido no tener hijos. Tengo sus mismas cejas, sus ojos, su boca. Acaso también otras cosas menos apacibles.

Después del instituto entré en la facultad de Historia del Arte. Había crecido fuerte. Mi madre también se había fortalecido. Hasta hoy trabaja en un mundo de hombres. Es capitana de un barco que se llama Freedom. La admiré como si todavía fuera una niña, y ella me acarició como antes no pudo. Viví en Italia. A los 23 vine a Nueva York. Por primera vez me separé de mi piano. Tuve una relación muy importante con un japonés. Le dejé cuando conocí su pueblo. Más tarde me marché a Francia y encontré mi país. Francia bien amada. Estuve tres años. Fue allí donde me uní a un club que, como un útero de veinte embriones, compartía el origen de nuestras vidas: el buceo libre, a pulmón. Cuando era niña saltaba al agua desde el espigón y los demás niños contaban el tiempo que permanecía sumergida. Había un amigo que competía conmigo, pero un día, al salir, dijo que le dolía la cabeza, y se desplomó. Lo metieron en una bolsa blanca mucho más grande que él, y a mí me prohibieron volver a bucear por un tiempo. Castigada en tierra, sentí la asfixia de la bolsa blanca donde metieron a mi amigo. Aprendí que uno debe competir solo con uno mismo.

Sigo buscando, cada vez que puedo, el abrazo de la profundidad en el mar. La presión me comprime los pulmones, y el cuerpo, olvidado de la respiración, se vuelve tan receptivo que siento el todo en cada parte; en la yema de los dedos, en el ombligo, en la garganta. Me gusta que el corazón distancie sus latidos, escuchar las pulsaciones descender como un eco que se despide, cada vez más débil. Es el sonido del corazón en reposo. Silencio. Mi corazón descansa. Los últimos ecos son casi inaudibles, pero yo sigo inmóvil, porque sé que antes de que el eco termine de perderse, irrumpirá el ángel humano que me advierte que es tiempo de salir. Siento su soplo cerca de mí. Es el mismo aliento de vida que desde niña me ha llamado a la superficie. Mis compañeros esperan. Comienzo a ascender y cuando tomo la primera bocanada de aire siento que estoy sana y acompañada. Entonces, puedo escribir.