Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí

Con ellos, pan y cebolla

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Miguel Hernández y Josefina Manresa, en Jaén.

Miguel Hernández y Josefina Manresa, en Jaén.

Con 20 fértiles años, a Miguel Hernández le concedieron el primer y único premio literario de su vida. Tuvo ese buen ojo crítico y la oportunidad de reconocer la hondura poética del joven oriolano la Sociedad Artística Orfeón Ilicitano. El poema galardonado prestaba especial atención a Elche y su paisaje. El autor del verso “alto soy de mirar a las palmeras” salió corriendo hacia Elche cuando recibió la noticia de la consecución del premio creyendo que conllevaba un monto económico. Finalmente todo lo que recibiría sería una escribanía de plata.

Esa primera desilusión se volvió a repetir 91 años después, en noviembre de 2011, cuando el ayuntamiento de Elche (gobernado por el PP) revocó el convenio que el anterior consistorio mantenía con los herederos del poeta del pueblo para la salvaguarda de su legado. El miércoles pasado, la Diputación de Jaén firmó otro acuerdo con la familia por el que conservará por un importe de tres millones de euros los 5.600 documentos en un museo en Quesada, lugar de origen de la esposa de Miguel, Josefina Manresa.

En Jaén, Josefina se alimentó de pan y cebolla mientras amamantaba al pequeño Manuel Miguel. De ahí nacieron las célebres “Nanas de la cebolla”, que el orgulloso y preocupado padre escribió desde la cárcel. Ya solo por eso se merecía el legado la tierra de los “aceituneros altivos”.

Pero ninguna de las dos ciudades, ni la natal ni la de adopción de Josefina, merece más que la otra ser el destino del legado. Tal vez, si no tuviera tanta carga ideológica, lo merecería también la ciudad natal del poeta. Por otro lado, intuyo los motivos ocultos tras el rechazo de un consistorio del PP, imagino que tendrá que ver con que Miguel fuera militante del Partido Comunista, se alistara en el bando republicano y el regimen franquista lo condenara a muerte por rebelión aunque luego le conmutara benévolamente la pena a 30 años. ¡Qué paradoja, condenado por rebelión por un ejército rebelde levantado en armas contra una República legítimamente constituida!

¿Qué diferencias insoslayables sobreviven décadas cuando la figura de Miguel es universalmente reconocida? ¿Por qué, 74 años después del fin de la contienda, rechaza un ayuntamiento como el de Elche un legado que se disputarían las universidades de Harvard y Princeton? ¿Por qué a estas alturas damos por sentado que solo puede acogerlo una institución de izquierdas? ¿Alguien se cree eso de que las dos Españas es algo propio del pasado?

La alcaldesa de Elche, Mercedes Alonso, ha asegurado que la ciudad no tenía el dinero para que el legado del poeta continuara en la ciudad. La regidora popular ha manifestado que Miguel “seguro que diría que antes tiene que comer el pueblo”. Los 1,6 millones que se hubieran pagado a la familia de Hernández durante 20 años, es decir, 80.000 euros al año, es lo que cobra un asesor en este país de privilegios y clientelismo a expensas del ciudadano. Si no hubiera corruptelas políticas o una motivación ideológica en contra, se podría haber eliminado un contrato como ese y, gracias a ese ahorro, Elche se podría haber quedado con el prestigioso legado. Es cuestión de prioridades. El año que el dinero no se destine a dar de comer a familiares enchufados y se le dé realmente al pueblo, hablamos. Mientras tanto, con ellos, pan y cebolla.

Andrés González. Periodista y escritor.

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