Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí

Visita real

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En aquella época todavía tenían la fea costumbre de vallar los parques. Antes los jardines se cerraban por miedo a los ladrones o a los animales; no existía el concepto de parque público, eran espacios privados, propiedad de ricos o nobles. Sería por miedo a que una sola cabra pudiera desflorar todo un rosal mimado pacientemente por el jardinero. La valla de espadas forjadas de la Glorieta, un cuadrilátero amedrentador con el tenderete para la banda de música situado en el centro, cerraba sus cuatro puertas por las noches para proteger el paraíso, antes en invierno que en verano (cuando llega el calor siempre se amplía el horario para disfrutar de la fruta prohibida del árbol del conocimiento del bien y del mal). Por la mañana llegaba “El Guardieta” arrastrando entre geranios sus alpargatas negras de esparto (con el meñique de cada pie fuera) y abría a los ilicitanos los paseos de tierra con forma axial delimitados por quioscos en los cuatro vértices: Rico y Burló vendieron allí quintales de prensa, cromos, pipas, almendras garrapiñadas, chicles. Los niños más pequeños jugaban a las canicas o a la comba o a la rayuela en el centro; los padres los vigilaban caminando en círculos; los jóvenes giraban, los chicos en una dirección, las chicas en la otra, y se hacían los encontradizos y formaron infinidad de parejas durante décadas. Los niños más revoltosos, que iban solos, triscaban por los parterres y “El Guardieta” los ahuyentaba con un látigo hecho de palma.

Antonio González, “El Guardieta”, era el jardinero municipal. Murciano, bigotes discretamente rizados y de porte menudo pero señorial, llegó a Elche a finales del siglo XIX con su esposa Antonia y sus hijos Antonio y Andrés. Nazario nació después, una vez establecidos los González Monteagudo en la ciudad de las palmeras. Antes perdieron, de pocos meses o años, a los demás hijos que habían tenido, hasta un total de 11. Fueron apagándose los niños entre diarreas y fiebres, casi todos varones y alguna hembra, entre ellas una cría que aguantó hasta los siete años y un niño hasta los quince.

Elche es un jardín habitado por gentes esforzadas. Pierre Paris, quien compró la Dama por 4.000 pesetas para llevarla al Museo del Louvre, lo llama “la Jerusalem o Jericó de España” y, ante el paisaje, se pregunta “si es que la fantasía poética de la naturaleza ha extraviado en este rincón ignorado de la tierra occidental, el paraíso de Mahoma o si, por el contrario, una fuerza sobrenatural ha conservado en la España cristiana reconquistada y poco celosa de su pasado islámico, esos jardines, esos árboles moriscos y esas habitaciones cerradas con trazas de harem”.

A mí siempre me ha recordado al África subsahariana de las películas, a una de esas sabanas de tonos ocres y sangre latente.

Sí, cuando en 1864 llegan a España Gustavo Doré y el barón de Davillier también se admiran de lo que ven: “Llega uno a creerse transportado por la varita mágica de un encantador a una de la ciudades interiores de África; o más bien a uno de esos lugares donde la imaginación gusta situar las escenas grandiosas de la Biblia”.

La ciudad levantina, gracias a su poblado palmeral y a su pasado árabe todavía vivo en edificios históricos, continúa conservando algo de ese exotismo del que hablaban los viajeros del XIX. Así que el lugar en el que nació Nazario era, a principios del siglo pasado más que ahora, algo próximo a un vergel. Con algunos huertos devorados por el desarrollo urbano, pero un jardín con encanto oriental al fin y al cabo. Es por ello que no sorprendan las apreciaciones idílicas de aquellos visitantes.

Al frondoso paisaje natural se unía el humano. Como sugieren el ilustrador Doré y el barón de Davillier, los hombres y mujeres de la época, campesinos y obreros artesanos en su mayoría, podrían haberse intercambiado, por su indumentaria, nivel de vida y costumbres humildes, con los de alguna ciudad del norte de África. Sin embargo, en aquellos años el norte de África, particularmente Argelia, fue lugar de destino de los emigrantes del sureste español que huían de la carestía y dificultades que les acuciaban en España; y más tarde, para un segundo grupo, Argelia se tornó en estación de término del exilio político tras la guerra civil.

Así que Elche era un jardín, pero duro de trabajar, seco y con rastrojos, habitado por gente esforzada que no dudó en abandonar su tierra ante lo insostenible.

Nazario nació en la calle de San Juan, en el solariego barrio del Raval, el 28 de julio de 1911, hijo de Antonio González Hernández y Antonia Monteagudo Olmos, que se dedicaban a la floricultura.

Reunidos cada sobremesa con él en la casa del campo, entonces ya convertida en el hogar de mi padre, el abuelo nos contó su vida a lo largo de varios días de diciembre de 1998, en los que unas veces detalló gustoso cada etapa, demostrando su lucidez octogenaria, y otras le tiramos de la lengua sin mucho éxito para que nos explicara aspectos en los que prefería ser discreto, como los relativos a la masonería.

De la juventud de su madre, nacida en 1876, sabemos que estuvo marcada por tragedias personales y estrechez económica. Que las vidas de sus hijos se le fueran escapando de las manos debido a enfermedades implacables que debieron martirizar a la joven florista. En cuanto a su personalidad en la época, por una cajita encontrada con algunas pertenencias conocemos su religiosidad (ahí había un folleto impreso por la Iglesia Evangélica Bautista, A las puertas de la eternidad, con citas sobre la salvación de las almas). Y que guardaba un rincón de su intimidad al amor hacia su marido. Conservaba una ilustración, firmada por “Antonio González”, de una bella dama (Madame Lianet Blanca, figura escrito en un lateral), tocada con un elegante sombrero, que es uno de sus escasos tesoros que han sobrevivido al tiempo. Así como unas páginas impresas con modelos de declaraciones de amor, unas más apasionadas y otras más formales, tales como: “Señorita: Una feliz casualidad me hizo conocer a usted en el baile de… y desde aquella noche quedé enamorado de sus gracias y de su talento. Si pudiera lisonjearme de ser grato a sus ojos, sería el hombre más dichoso de la tierra y me atrevería a esperar poder presentarme a sus señores padres, para expresarles mis intenciones y la pura y sincera oferta del deseo que tengo de consagrar a usted mi vida. Soy su affmo. S.s.- Antonio”.

Con el transcurso del tiempo, ese recuerdo se transforma en una pista ilustradora del carácter de la bisabuela Antonia, una mujer que, como hemos visto, de joven idealizaba el amor pero que luego se fue convirtiendo en alguien posesivo y manipulador que interfería en las vidas de las parejas que le rodeaban, a menudo con el poco disimulado afán de destruirlas. Una actitud que no la hubiera diferenciado en nada o casi nada del resto de las mujeres de su época, acostumbradas a la pérdida de familiares por enfermedad, hambre o violencia, pero que en su caso ese afán por controlar las vidas de los demás, quizás con el fin último de no quedarse sola, rayaba en lo enfermizo. Mi abuelo no contó nada sobre el asunto en aquellas tardes en las que charló con nosotros, o sea, con la tía Helia, mi padre, mi tío Nazario y conmigo. De hecho, enseguida supe que el material obtenido de aquellas charlas no iba a ser el adecuado ni para lo historiográfico (como fue al principio el formato en el que quise transformarlo) ni para lo literario (que es en lo que pretendo convertirlo ahora). Resultaron ser simplemente una serie de confesiones a propuesta de su nieto (sobre su infancia, juventud, guerra, exilio y posguerra) de un hombre prudente y respetuoso a lo largo de 86 años. Tres más tarde, murió.

Del bisabuelo Antonio, nacido en 1874, podemos documentar, por la oficina de reclutamiento de Murcia, que a los 22 años era jornalero. Se introdujo en el oficio de la jardinería y regentó con su mujer un puesto de flores que montaba en la replaceta de L’Espart y en  la Glorieta. “Tenía, además, relaciones con casas de Holanda para la importación de semillas. Él sería de los primeros”, señalaba su hijo, “que trajeron semillas de tulipanes a Elche”.

El oficio lo heredó del tatarabuelo Mariano, un orticultor que nos observó a toda la familia durante años desde el autorretrato hiperrealista que dibujó a carboncillo en uno de sus trances, o al menos esa fue siempre la leyenda familiar: la de un hombre que se dibujó a sí mismo con gran perfección sin saber dibujar. Desconectaba de este plano de realidad y se dejaba dominar por un ser interior. La imagen enmarcada en madera lacada es la de un hombre con aspecto de labrador humilde, sentado delante de un muro blanco, como en un descanso de su faena diaria, con un cigarrillo liado en la mano.

En 1905 Alfonso XIII visitó la ciudad alicantina. “El Guardieta” fue el encargado de confeccionar los adornos florales con los que se engalanó el paseo de la Estación por el que entró la carroza real en el casco urbano. Era un andador adornado con flores a un lado y a otro, realizado con hojas con mucho verde. En las fiestas suelen echar palmas por la calle para que pase la procesión. En el reverso de la fotografía sobre ese trabajo del jardinero, su hijo había escrito: “Arco floral estilo morisco junto a la que se llamó Casa de Gómez y andador hasta el mismo viniendo del paseo de la estación férrea para que descendieran los reyes para ir a Santa María a contemplar el Misteri d’Elx”.

La visita del rey debió ser un momento importante en la vida del jardinero municipal, aunque desconocemos cuáles eran sus inclinaciones políticas, si las tenía. Fuera como fuese, su hijo pensaba que “debió de ser republicano, a juzgar por los amigos que tenía”.

En un relato sacado del archivo oficial, bajo el titulillo Alfonso XIII: sequía, emigración y hambre, Alejandro Ramos Folqués, historiador y arqueólogo del yacimiento de La Alcudia, enumera los pormenores de aquel viaje real. El contraste entre el esfuerzo realizado por el humilde pueblo de Elche y el del monarca, que aportó su presencia y poco más, es evidente. Como resumen de la visita, podemos destacar que el rey donó 1.000 pesetas para ser repartidas entre los pobres y, en cambio, la ciudad gastó, en todos los preparativos, más de 9.000. Especialmente, se adecentó la iglesia para la representación que se hizo del Misteri a Alfonso XIII. Al monarca le apeteció acercarse a la ciudad de las palmeras dentro de un viaje programado a Alicante cuando recibió a una comisión que buscaba recursos para restaurar Santa María. Pero no solo no aportó recursos sino que provocó gastos en su corto paseo por Elche. “El Rey manifestó sus de­seos de conocer la Festa —escribe Ramos Folqués—, y se le expuso el estado de la iglesia y las dificultades que existían para poder­le complacer. Pero SM, movido de singular afecto hacia el desconoci­do Misteri y atraído por las alaban­zas que había oído sobre los palmerales, decidió hacer una visita direc­tamente a Elche”.

“Entre los regalos —añade el historiador— se pensó hacer un álbum de ébano de fotografías, tallado en Murcia, con una vista de Elche en su cubierta y guarnecido con chapas de plata, de las cosas más notables de la ciudad; un bastón de palmera con puño y contera de oro, frutos, palmas labra­das, alpargatas y otras cosas. Y se en­vió un telegrama a la Mayordomía de Palacio, invitando a SM, dicien­do: ‘Elche vería con júbilo y satis­facción que SM se dignara honrarla con su visita”.

Se procedió a despejar la iglesia, entre otras cosas, de más de 1.200 sillares procedentes del de­rribo de la cúpula, ladrillos y sacos de arena. Se puso el tablado de la Festa como para el día 15 de agosto, con la sepultura abierta y la cama de la Vir­gen preparada. La tribuna del Ayuntamiento y, en su sitio pre­ferente, se colocó el dosel real. Tam­bién se colocó el andador, alargán­dolo hasta la puerta mayor, por donde entraría el monarca.

Alfonso XIII estuvo en Elche muy poco tiem­po, registra el historiador: “Ochenta minutos duran­te los cuales vio bajar y subir el ángel y escuchó el canto de los após­toles en la Salve. Estuvo muy aten­to y satisfecho. En el Huerto del Cura solo estuvo unos diez minutos. El Rey se dignó a nombrar al cape­llán Castaño caballero de la Real Orden de Isabel la Católica, libre de gastos”.

El capellán que dio nombre al Huerto del Cura es el mismo al que se refirieron tiempo después los hermanos Álvarez Quintero, los comediógrafos más populares de su tiempo, cuando no fueron reconocidos por el sacerdote y dejaron escrito en el libro de visitas del jardín: “Este capellán Castaño no es castaño de la vera, es un capellán cualquiera con los pies llenos de callos y vacía la mollera”.

También fueron agraciados con diferentes honores reales don Pascual Galiana, fabricante de alpargatas, y el que hizo las suelas de cáñamo pa­ra el rey, Ramón Irles, alias “Vibra”.

Más tarde, Nazario dio su propio punto de vista sobre el monarca: un joven de 19 años heredero de una reina destronada y de un rey que alcanzó el cargo gracias a un golpe de Estado; y sobre el acontecimiento: una fugaz visita en la que Elche ofreció pasajes del Misteri, el único testimonio vivo del teatro medieval en el Occidente cristiano, y que el monarca quiso acelerar para asistir a los toros en Alicante.

“Como te decía —narró en una de aquellas entrevistas—, vino el 14 de abril de 1905, ¡vaya coincidencia!, la misma fecha de día y mes aunque del año 1931 en la que se vio precisado por la proclamación de la II República a salir de España, del puerto de Cartagena, rumbo a Roma donde murió en 1941. Como verás, se me lían las ideas como ramos de cerezas”.

En definitiva, “El Guardieta” salió exitoso de aquella recepción real y volvió a los quehaceres en su Glorieta.

No por casualidad, el lugar de trabajo de su padre iba a despertar, con los años, las inquietudes periodísticas de Nazario, así como su vena política: al principio la Glorieta estaba cercada y a él le parecía “que éramos una especie de fieras paseando por dentro”. “Luego se prohibió el cierre y el coquetón paseo quedaba libre de aquella añeja limitación —recordaba—. Muchos años después, siendo yo un mocete, me pareció la verja un anacronismo e hice mi pri­mer pinito periodístico en uno de los semanarios que teníamos. Y tuve la satisfacción de que nuestros regidores la suprimieran”.

La emblemática plaza ajardinada del centro de la ciudad también fue el escenario de la desgracia familiar que marcó la infancia de Nazario. Su padre falleció de una repentina enfermedad a los once meses de nacer él. Trabajando un caluroso día de junio en la Glorieta, enfermó de una pulmonía. Había bebido agua en un local que había enfrente, el café del Porquerol, que es donde ha estado luego el Florida. Era un agua tan fría que se le agarró a los pulmones. Y duró muy poco tiempo. La esquela rezó: “Día 6 de junio de 1912, festividad del Corpus. A las diez y media de la noche dejó de existir el infortunado Antonio González Hernández”.

“De mi padre –manifestó luego— contaban maravillas, no hubo nadie que hablara mal”.

La muerte del jardinero municipal, a los 37 años, provocó cambios radicales en el futuro inmediato de su familia. “Al morir mi padre —rememoraba Nazario—, el ayuntamiento se desentendió de nosotros. Nos quedamos sin agua, sin luz y sin casa. Y sin pan. Mi madre, mis dos hermanos, Antonio y Andrés, y yo”.

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2 pensamientos en “Visita real

  1. Qué grande, Andrés!!! Has vuelto…Gracias

  2. gracias, charito, por leerme!

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