Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí

Niños muertos y la visión de algo incomprensible

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Juan

Tú no lo sabes, pero aquí estoy yo más de 80 años después haciendo cosas rarísimas por tu culpa. Frikadas, las llama un amigo mío.

Mira, Juan, podría contarte lo que he aprendido de la vida en tu ausencia. También restregarte que he vivido 41 años más que tú. No sé si mejor que tú, eso sí. Todo eso me parecería terriblemente injusto contigo. Sería un imbécil si lo hiciera. También podría cambiar de tema y ponerte los dientes largos con alguna información que de seguro apreciarás. Me refiero a que desde que te fuiste existió Maradona. Y Messi. Por ahí tampoco voy a ir, es cruel. Y tú solo tienes seis años, no te mereces algo así. Aunque tú hubieras sido más de Pelé, es más de tu época. De tu hipotética época, si hubieras vivido.

Cómo es el ego, me tienta a hacerte ver lo que te has perdido, chiquitín.

El otro día me hiciste llorar, cabronazo. Tú allí, de pie en la esquina de la plaza del Raval. El mismo lugar, aunque al otro lado de la plaza, en el que tuvo una bodega mi tío el Adrià. Mi tío abuelo, como tú, pero por parte paterna. Parece que todo ocurrió en ese lugar: tu accidente, la vida de Adrià, sus partidas de cartas con los amigos que iban a tomar el café y el digestive a la salut de tots vosaltres, collons!

1927-33. Tu vida, Juanito. Tu corta vida. Y luego te quedaste tan solo. ¿Dónde estaba todo el mundo entonces? Adrià tenía 29 años. No sé si ya llevaba esa bodega o estaba en el teatro Kursaal o el bar Murciano, en las Cuatro Esquinas. No sé si escuchó el aullido de los neumáticos de aquel camión, no sé si vio cómo caías bajo sus fauces, no sé si oyó desde detrás de la barra todo el jaleo que se formó. Aunque no tenía por qué conocerte, tú eras solamente un niño más del barrio, quizás solo te vio jugar al balón en la plaza alguna vez.

Veo el llanto de tu madre, que subió aguantando la respiración cuando su vecina le gritó ¡Juanito! a través de la puerta enrejada. Al llegar arriba de la calle del Gallo, la yaya Emanuela, que en ese instante no era abuela y solo era madre de tres hijos pequeños, Fina, Juan y Pepito, de ocho, seis y cuatro años, se encontró con una muchedumbre que rodeaba a su niño tumbado bajo una mole mecánica con un cartel arriba que decía Portes Gámez. Había pocos vehículos a motor en aquella época en el barrio. El Ford A del médico, la furgoneta Citroën C4 de la Metalúrgica y alguno más, como el que te tocó a ti. Las probabilidades eran pocas, pero tuviste mala suerte, Juan.

Dicen que resbalaste con la piel de un plátano que tú mismo te habías comido. No lo creo, suena demasiado a chiste del TBO, lo que da a la escena un aire todavía más macabro. Solo sé que tu madre apartó con violencia a la gente y te levantó en volandas sobre su pecho. Así te tuvo, abrazado a ella, irremediablemente roto por dentro, durante tres días. Hasta que te fuiste.

La yaya Emanuela no fue la misma a partir de entonces. Ella, que fue conocida en el pueblo con el sobrenombre de “La Flamenca” por su porte orgulloso, su pelo negro, su belleza serena, su considerable altura para los estándares femeninos de la época. Los hombres volvían la cabeza cuando se cruzaban con ella en el puente de la Virgen. Luego, a pesar del luto, también. Empezó a sufrir de los nervios, como es lógico, y se volvió una mujer callada y algo depresiva. Con el tiempo, aparecieron los temblores, que le impedían tomarse tranquilamente un vaso de agua. Su nieto Pepe, que se hizo médico de mayor, siempre decía que lo de la yaya no era Parkinson sino una enfermedad neurológica. Temblor esencial, se llama. Una enfermedad neurológica como la que tengo yo ahora.

Ahí estabas, en la esquina del carrer Gall y la plaça del Raval, de pie, con tus pantalones cortos de cuadros azules y tus zapatos embetunados. El cabello reluciente peinado con cariño por tu madre, reluciente hasta que tu cabeza se golpeó con los adoquines. claro. Tenías una belleza exacta, hubieras sido un joven y un hombre con barba perfecta y facciones bien delineadas, nunca te habría faltado un buen flequillo de actor de cine. Y ese día estabas ahí, plantado en esa esquina, la gente pasando a sus quehaceres, algunos otros niños dejando pasar el tiempo alrededor.

Me acerco a donde tú estás absorto con la visión de la plaza, un rectángulo de tierra salpicado por cuatro árboles, presidido por el Ayuntamiento antiguo al otro lado, junto al arco medieval de entrada al recinto. Puede que estés despistado, recreándote en lo que ves, y no te das cuenta de que, en lugar de recibir el empujón involuntario de un viandante que te haría perder el equilibrio, me coloco yo delante de ti. Estás frente a mí, tan pequeño, con tu peinado brillante, a tus espaldas una ruidosa taberna con hombres entretenidos en el dominó. Impido que pueda sucederte nada, lo detengo todo, hasta las nubes sobre nuestras cabezas parecen congelarse como en el cine. Yo te protejo, estoy aquí para protegerte, soy el encargado de velar por ti, de volver ahí donde estás y evitar que te ocurra nada malo. Eres mi chiquitín y te voy a amar siempre, voy a parar todo aquello que te pueda entristecer, tanto a ti como a tu madre y tus hermanos y todos los que te quisieron y te seguimos queriendo.

Me agacho y me pongo a la altura de tu mirada. Te agarro con cariño de los hombros y te hago saber con una sonrisa todo el amor que siento por ti. Tú me reconoces y tu mirada me lo indica. Ya no hay gritos de la vecina a través de la puerta enrejada, no hay muchedumbre donde nosotros estamos, el camión arranca y se marcha por el carrer Major del Raval hacia Portes Encarnaes. Adrià sale con un cigarro a la puerta de su bodega, al otro lado de la plaza.

Tú y yo estamos envueltos por un ocho, el símbolo del infinito, tú en un círculo y yo en el otro. Ahí he llegado al entrar por la puerta de una habitación dentro de una sala rectangular el primer piso de la casa de mi abuelo Lázaro en La Galia (a las afueras de Elche), en el mismo sitio donde ahora está la universidad. Había muchas puertas, una junta a otra, y una la he identificado como la mía. Al traspasarla, enfrente he visto por la ventana un gran árbol, una higuera, cargada con jugosos frutos. En cada rama crecía una parte de mi clan familiar, con pequeñas ramitas de hojas verdes para cada uno de mis primos y hermanos. Fuera, al descender por unas escaleras del edificio de la facultad de Periodismo, poco a poco me he ido situando en la antigua pinada del campo, repleta de agujas y piñas secas. Ahí es donde me he reencontrado contigo, en la esquina de la plaza del Raval. Estamos rodeados por una cinta morada a la altura de la cadera, tú sostienes un extremo y yo el otro. La tela se va deslizando por nuestras manos y nuestros cuerpos y nos vamos alejando mientras tú te elevas sobre la plaza y el pueblo, cuyos edificios vemos contorsionándose abajo, como en Google Earth. Hasta que las puntas de nuestros dedos sueltan la cinta y te dejo marchar para que ocupes tu lugar en el universo.

María

Una mañana luminosa de marzo, jugando con Eldita en el trastero de polvo flotante de la casa vieja, encontramos en un baúl un retrato de una niña muerta enmarcado en dos mechones de pelo oscuro.

— ¿Tú crees que moriría en esta casa? —le pregunté, todavía impresionado por el hallazgo, a mi prima, tal vez debido a lo triste que me parecía morir tan pequeña en una casa de paredes desconchadas y la pobreza colgando en forma de telarañas de los rincones.

— Es el baúl con las cosas de la abuela Vicenta —adivinó, ignorando mi pregunta y refiriéndose a nuestra bisabuela—. La foto la guardó ella de recuerdo —añadió como si conversara con una voz etérea en vez de conmigo. Me llevaba siete años y tenía el pelo rizado, como yo, pero de un castaño rojizo.

María, que así se llamaba la niña yaciente aunque yo entonces todavía no lo sabía, iba vestida en la fotografía con su vestido blanco de primera comunión y estaba tumbada en un lecho alto de princesa de cuento con los pies cubiertos de flores.

— ¿Pero la niña murió aquí?

— Me parece que vivían en otro sitio. Vámonos, no sea que nos pillen.

Tuve pesadillas durante unos días, no muchos; o más bien fue que me la imaginaba plantada en la puerta de mi habitación con esa mirada grisácea propia de las invenciones infantiles.

Como se lo conté a mis padres (no me sabía callar nada y no aprendí a hacerlo, y no del todo, hasta mucho después), me llevaron a un psicólogo. Le oculté al pobre señor que todo eran fantasías mías. Probablemente divagué un poco, algo incómodo en el sillón de cuero con mis padres vigilando al lado, sobre la inquietante visión del cadáver apareciendo varias noches seguidas. No desvelé lo que realmente me intranquilizó de la imagen alucinada de la difunta observándome desde el marco de la puerta: la oscuridad que reinaba, negra como el espacio exterior, a las espaldas de María; una negritud que ampliaba su resplandor inmaculado de fantasma. El primer piso de la casa de mi abuelo Lázaro en La Galia tenía, al subir las escaleras, un gran salón casi sin muebles rodeado por habitaciones. Mirando desde una de ellas, la sala se asemejaba al vacío total, a un agujero negro justo después de succionar todo rastro de luz. M e recordaba al interior de mi mente cuando cerraba los ojos. La falsa aparición de la chiquilla era en mi febrilidad inventada el único destello nocturno. Su resplandor al mismo tiempo me atemorizaba y me transmitía una extraña sensación de sosiego.

En veranos como aquel, Eldita, mis demás primos, mis hermanas y yo nos subíamos a la higuera, lanzábamos chinas a la balsa, destripábamos sapos y probábamos el eco del pozo. También nos arriesgábamos en los dominios del tío Escurina, que ya anciano trepaba a los almendros y derrochaba energía y mal humor hasta el punto de ahuyentarnos como ratones con su sola presencia, armado con una larga caña.

Un día, Eldita y yo nos refugiamos en una de las habitaciones del primer piso y nos sentamos a conversar en la cama cubierta de sábanas blancas y una colcha de encaje. Era media tarde y la luz atravesaba los pinos hasta nuestra ventana. Al rato estábamos mostrándonos el uno al otro nuestros respectivos sexos. Fue una operación bastante fugaz y con previo acuerdo. Me enseñas tu poma y yo te enseño mi pilila, dijimos, seguramente. Una vez realizado el intercambio de imágenes corpóreas, nos subimos de nuevo los bañadores y seguimos con lo que estábamos haciendo (conversar sobre la niña muerta) antes de que nos llamaran para merendar pan con chocolate. El recuerdo de las baldosas heladas de la casa de campo, de un frío incrementado por los pies descalzos; la sensación del algodón sobre la piel del torso bronceado, de una suavidad generosa y grácil, eran mucho más importantes que cualquier transición a la pubertad que estuviéramos viviendo.

Luego Eldita se volvió a subir a la higuera.

Así que todo transcurrió entonces entre niños y niñas muertas y la visión de algo incomprensible que anunciaba otras visiones igualmente incomprensibles.

El sábado a mediodía, cuando los grillos chillaban como si les estuvieran asesinando, iban a arrancar la higuera, pobrecita. Al parecer, sus raíces estaban dañando la estructura de la casa y mi abuelo decidió sin inmutarse que era mejor cortar por lo sano. Con la frente bronceada, hizo caso al señor Isidro, también conocido como “Miracielos”, que le aconsejaba con los párpados entornados por una parálisis, también impasible, pero con una calma más, digamos, ancestral. Los nietos nos sentimos desolados con la noticia y decidimos rebelarnos e impedir aquel degüello injusto. La higuera era demasiado importante para nosotros, estaba ahí desde antes de haber nacido la mayoría de nosotros y no lo íbamos a permitir. Así que decidimos manifestarnos con nuestras espadas de madera por la porchada e improvisando barricadas frente al árbol condenado. Eldita, o Timmy, que es como se prefería hacer llamar, se volvió a subir a su rama de costumbre. Jorge, o Jim, que era su nombre aquel verano, recogió unas cuerdas para llegado el momento atarnos al tronco. Lorrie se colocó con su silla de ruedas atravesando el paso como un bulldozer celeste. Mis hermanas, Tasha y Sofía, se disfrazaron de flamencas, no sé por qué. Lo hacían siempre, a la menor oportunidad. En la habitación de la terraza del campo se oía la batería de Néstor, que estaba con varios amigos y alguna amiga, haciendo ruido y fumando. Cada chasquido de platillos avisaba del nervio del momento. Por la ventana de la planta baja que daba a la higuera salía el rumor de las mujeres empezando a hacer la comida y gritándonos de vez en cuando nenes bajaos de ahí.

A las doce y media aparecieron los hombres con el señor Isidro y nosotros no nos atrevimos a poner en marcha el plan de autodefensa, aunque les costó un poco hacer bajar a Eldita, o Timmy, entre lloros e hipos. El estruendo de la terraza no cesaba y, con el último redoble, una gruesa cadena arrastró las raíces de nuestra amiga. Cuando la cargaron en el camión y se la llevaron, nosotros nos quedamos sentados en un banco hecho con un tronco seccionado de palmera y empezamos a planificar nuevas aventuras.

— Tenemos que averiguar qué le ocurrió a aquella niña —dice Timmy.

— ¿La matarían? —se atreve Adrián.

— Calla, burro —intervienen al unísono sus hermanas.

— Seguramente, se murió de hambre —señala Jim—. En aquella época morían muchos niños de hambre.

— O por la guerra —dice Lorrie—. Entonces fusilaban a la gente.

— ¿Pero a una niña tan pequeña? —dice Adrián—. ¿Qué podría haber hecho una niña para que la fusilaran?

— Puede que delatara a un militar malvado y luego decidiera vengarse de la niña—tercia Timmy.

—A lo mejor solo se puso enferma y murió —aventura Jim.

María, el objeto de nuestros desvelos y tribulaciones, no murió de hambre, ni fusilada, quizás sí de una enfermedad común típica en la época, tifus o tuberculosis.

Antonio, Josefa, Adela, Fuensanta, Basilio, Eloy, José, Cecilio

Es salir de la sima dibujada con un punto negro en mi frente y avanzar por la Correora y llegar a la Glorieta me encuentro con un jardín circular rodeado por cafeterías, el Marfil y el Florida, heladerías como la Royal y la Jijonenca, la Colombófila, la Coral Ilicitana, el edificio del Casino y el Gran Teatro, con su largo pasillo señorial de mármol y grandes lámparas de cristal. Al otro lado de la plaza estaban el Petit Club y la Sociedad del Tiro de Pichón. Es llegar a ese lugar, el más emblemático de la ciudad, donde se reúnen los ricos con los ricos, pero también los humildes con los humildes, cada uno regodeándose a su manera y en la medida de sus posibilidades, en el cine Capitolio estos últimos, y sentirme parte de un mundo en pequeño, de un universo endulzado por la horchata y el nugolet, de zapatos brillantes que taconean y también playeras de lona levantando polvo, llego a ese círculo de rituales sociales y refrescantes terrazas y veo en el lateral un edificio de un aspecto traslúcido, de materiales nobles, con una gran entrada de puertas abatibles que conectan con un vestíbulo coronado por una cúpula. El día ilumina la escalera adornada por dos esferas brillantes que astillan el sol en aspas incandescentes. A la derecha del hall está una de las entradas laterales del Petit Club. Al traspasar la puerta me encuentro con un local decorado en maderas nobles presidido por una gran barra. Apostado al principio veo al Adrià, mi tío-abuelo, el camarero, un hombre recio y pequeño, de uniforme azul con pompones dorados en las solapas, cabello negro ondulado y discreto bigote.

—Bon dia i salut, m’alegre de vore-te, home —me recibe, jovial, como a un cliente más, como a los socios de postín que acuden a la hora del aperitivo al Petit Club, un nombre tomado prestado de su café homónimo de Madrid para darle abolengo.

Tras él se sitúa su madre, mi bisabuela paterna Vicenta, que ha ido seguramente a llevarle el bocadillo al trabajo. Es una mujer pequeña, encogida, de un luto apabullante desde los 35 años. Va seguida, en una especie de fila india, por una retahíla de niños desarrapados, sus hijos fallecidos, todos los que nacieron y murieron antes que Adrián, descalzos los más pequeños, con alpargatas los demás. Son ocho. Falta María, que murió a los siete años, cuando Adrián era pequeño. O quizás la niña nació antes que él también, nadie lo recuerda ya.

—Yo sí lo recuerdo —interviene la abuela Vicenta algo molesta—, eso no se olvida así como así.

Me planto frente a Adrián y nos saludamos con una sonrisa después de su recibimiento espontáneo, una vez se ha dado cuenta de que no soy un socio y de que en realidad soy alguien con un aspecto sospechosamente familiar. Nos reconocemos. Le regalo una cinta de seda que se envuelve por pecho y espalda. Yo hago lo mismo con el otro extremo y, tras ese gesto de complicidad, con el que dibujamos un ocho acostado, que representa el símbolo del infinito, el hilo que nos unía parece hacerse visible y se tensa con la luz de los ventanales. Dejamos que se deslice la tela por nuestras manos hasta que la soltamos, el hilo desaparece y yo me dirijo hacia la puerta de la calle, que está inundada por el resplandor de la Glorieta transitada por carromatos tirados por mulas y algún que otro coche negro. Salgo despidiéndome de mis familiares, rascando cabezas de niños y rozando las mejillas a las niñas, y afuera me encamino por la acera hacia el carrer Ample. Doblo la esquina y allí me encuentro con mi abuelo, el hermano de Adrià, un anciano de calva arrugada y piel bronceada que, recordando viejas anécdotas, me guía hacia un arco de flores y, después de traspasarlo, al luminoso paseo de la Estación.

—El señor Poveda era un gran aficionado a las zarzuelas y la ilusión de su vida era escribir una y que la representara una gran cantante de la época como Imperio Argentina. Una vez vino la cantante a actuar al teatro Kursaal y él, después de aplaudirla como un loco, le llevó su libreto al camerino. Ella se vio en el compromiso de recibirlo y decirle que leería su obra. Lo que no sabía es que el señor, aprovechando la amabilidad de la estrella, se pondría a cantar algunos extractos de la partitura.

—Qué momento —le digo yo a la altura del Parque Municipal.

—El señor Poveda era todo un personaje. Una vez, paseando por este parque, debían ser fiestas porque las palmeras estaban iluminadas con ristras de bombillas de colores, me explicó que él era capaz de desaparecer. “¿Ve usted? Ya está”, me dijo. “Pero si está usted aquí delante de mí”, le espeté. “Es que he vuelto”, zanjó.

Cuando llegamos al túnel del tren y mi abuelo y yo bajamos al andén, la oscuridad me absorbe y, tras agradecerle haberme acompañado, me sumerjo de nuevo en ese pozo que manchaba de color negro el lunar de mi entrecejo.

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