Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí


Deja un comentario

El primer capítulo de mi segunda novela

*

UNAS MEMORIAS PROCRASTINADAS (1998-2015)

 

Cuando se me ocurrió escribir las memorias de mi abuelo no podía imaginar el viaje al que me conduciría esa idea. Poner por escrito sus recuerdos me llevó a una sucesión de descubrimientos iluminadores, no solo en el plano creativo o literario o narrativo o periodístico o histórico sino también en el aspecto filosófico o espiritual, es decir, a la hora de averiguar qué pasa conmigo, quién soy, de dónde vengo, a dónde voy. Algo que también intentaron dilucidar muchos otros antes que yo. Sin ir más lejos, también mi abuelo y mi padre, cada uno a su manera y por razones distintas. Todavía tengo muy presente, como si lo estuviera viendo, a Jorge López Bernal, hermano no de sangre pero sí de vida de Lázaro, como aquí voy a llamar al personaje basado en mi abuelo por sugerencia de mi padre, que pensó que ese nombre sinónimo de guía le venía que ni al pelo; Lázaro en su acepción del literario Lazarillo pero sin picaresca, no en su sentido bíblico, quiero creer, aunque tal vez me equivoque. Jorge, de personalidad chispeante, simpática (él sí podría haber sido un personaje de la picaresca), huesudo y barbilla y nariz prominentes, sentado en el sofá del Octavo (la última casa de mi padre), vestido con una camisa bien planchada por su hermana y un jersey de punto de un color suave, me dijo que en la masonería, al pasar de escalafón, se iban experimentando cambios, «incluso físicos». Luego no quiso desvelar nada más sobre el tema, como siempre hizo Lázaro las pocas veces que le interrogamos y se cerraba en banda al llegar al asunto.

Ya he entendido por qué, abuelo. Ya lo sé, Jorge.

Según voy recordando en esta habitación tan solo iluminada por el brillo led supuestamente  libre de mercurio y arsénico de la pantalla del Macbook, puedo contar que en 1998 yo había vuelto de Buenos Aires con el corazón malherido. A continuación iba a pasar unos meses infames en Valencia aficionado a unos bares químicos y horteras supervivientes de la tardomovida mientras intentaba infructuosamente hacerme guionista de televisión. Tiré la toalla después de una temporada alimentándome de una paella tibia comprada en un puesto del modernista mercado central y abandoné mis aspiraciones de escritor para las 625 líneas no sin antes entrar una noche a las tres de la madrugada a comprar Marlboro en un bar con la persiana entornada como un negro eructo y con el futuro presentador de concursos Arturo Valls de barman con chaleco rojo y todo. Sonriéndome como un Jack Nicholson novato en nuestra versión particular de “El resplandor”, me sirvió el caciquecola que le pedí sin preguntarme quién era yo ni por qué tenía el morro de colarme en su reunión privada (porque seguro que era algo privado). Así que me inserté con un taburete frente a la barra y los espejos que cubrían la pared y me dispuse a saborear mi tabaco y bebida preferidos por aquel tiempo dando gracias a la luna de Valencia por haberme regalado un sitio abierto, aunque fuera para intoxicarme otra noche más. Delante de un gran espejo que cubría la pared, Arturo hacía bromas y sus amigos reían hasta que se dio cuenta de que yo no solo no entendía los chistes, si no que tampoco conocía a nadie de los presentes. Y empezó a dirigir sus pullas hacia mí, como invitándome a marcharme. Terminé mi cubalibre, di por supuesto que estaba invitado y me deslicé bajo el paladar de la persiana con la intención de volver a mi redil: una habitación siniestra decorada así para un corto de temática satánica del que mi padre había sido protagonista con bigote y patas de cabra, una película que había dirigido meses antes mi amigo Monso en unos antiguos grandes almacenes abandonados y en la antigua vivienda de sus abuelos ya fallecidos, un asfixiante despliegue de falsas telarañas y cortinas de encaje negro.

En fin, que escapé de ese ambiente insalubre y de mí mismo.

Regresé en tren a Elche y a la luz de la casa de campo familiar en el camino de La Galia, que es una pedanía ilicitana y que no, no tiene nada que ver con Astérix, Obélix, Idefix o Asuranceturix. Me recompuse a malas penas y volví a hacer proyectos. Fue al principio de aquel diciembre cuando me decidí (nos decidimos, mi padre y yo) a hacerle unas entrevistas al abuelo para unas hipotéticas memorias. Parece que todo se dio para que así fuera porque él, el señor Lázaro, el viejo republicano y humanista de pro, nuestro guía lazarillo, también llevaba tiempo queriendo trasladar sus recuerdos al papel.

Fue una época de transición para mí. Acababa, como digo, de volver de Buenos Aires y no sabía que al año siguiente por esas fechas estaría en Madrid reanudando mi trabajo en el periódico y que habría conocido a Juliana, viajado a Cuba para hacer unas entrevistas salpimentadas con salsa y merengue y que, al regresar, continuaría mi historia con ella. Tampoco podía saber que aquella relación duraría la tontería de cinco años y tendría su fin en Elche una vez pasadas algunas vicisitudes, incluida una enfermedad que atacó inicialmente a la mitad de mí y que todavía persiste.

Mientras me peleaba y reconciliaba con Juliana y me volvía a pelear, trabajaba el material al que unos años antes me había dado acceso mi abuelo «por si quieres entretenerte»: toda su correspondencia, libros sobre la República y sus protagonistas, publicaciones masónicas, muchísimos recortes de prensa, vídeos y cintas con entrevistas suyas de la televisión y radio locales, entre ellas una grabación sonora realizada en el Parque Municipal en la que don Lázaro insistía en sus ideas y donde estaba presente mi abuela todo el rato en un segundo plano sin abrir la boca aunque con alguna risita sotto voce muy típica de ella.

Incluso en esa época estudié unos cursos de doctorado (todavía debo tener los apuntes con líneas que iban desmayándose sobre el DIN A4). Me apasionaron las clases sobre la violencia política en el siglo XX o historia latinoanericana, el resto de asignaturas eran una exposición, a veces interesante, otras veces tediosa o exageradamente detallada, de las investigaciones de cada profesor en esos momentos. Tenía la equivocada intención de convertir toda aquella documentación biográfica que me había proporcionado mi abuelo en una tesis doctoral, cosa que nunca se concretó a pesar del aliento de profesores como Glicerio Sánchez Recio o Miguel Ors Montenegro. Pero fueron unos fructíferos cursos al fin y al cabo ya que alimentaron en mí el interés por la Historia y están dando lugar finalmente a lo que ahora escribo, aunque sea con tanto retraso.

Sin embargo, en esa época no me animé a acometer el proyecto de la biografía o, como las llamé desde el principio, memorias, y eso que en 2001, cuando murió mi abuelo, apareció el anuncio de la presunta tesis, para mi estupor, como titular a cuatro columnas del periódico el día después del funeral. Mi propósito de escribir sobre su vida quedaba de esa manera registrado para siempre en la hemeroteca y yo ya no tenía más escapatoria que abordarlo si no quería faltar frívolamente a mi palabra.

No fue la última vez que anuncié mi proyecto a bombo y platillo. Cuando publiqué “La mitad de mí” en octubre del 2013, seguí proclamando por los papeles y las ondas, incluso por la fibra óptica, mi objetivo de llevar a cabo aquellas memorias. Sin embargo, seguía sin saber exactamente qué forma tomaría aquel material que empecé a trabajar no precisamente para entretenerme, como decía mi abuelo, sino por pagar una deuda en primer lugar con mi familia paterna y conmigo mismo, después con mi pueblo y quizás con algo mucho más grande, como descubriría con el tiempo.

Y aquí estoy, dándole la forma que a estas alturas me inspira la historia de Lázaro, un relato a mitad de camino entre lo biográfico, la crónica, la autoficción, el Nuevo Periodismo, la literatura de hechos, la no ficción, la ficción real y el realismo fantástico, que ha ido creciendo y encogiendo sucesivamente en mi cabeza y en conversaciones con mis seres más cercanos, mi padre en primer lugar por tratarse de una visión o traslación o interpretación o inspiración o sublimación a partir de las vivencias de su familia. La parte materna de mi árbol genealógico, de acometerla, me la reservo para más adelante, seguramente para el tercer volumen de esta presunta trilogía (la espero tener lista antes de otros 17 años), que aquí bautizo en conjunto como “El árbol del día y de la noche”, y cuya futura entrega, en el caso de llegar a nacer, ya tiene título y una carpeta con documentación.

En fin, lo he hecho otra vez: ya estoy prometiendo cosas que no sé si voy a poder cumplir.

Así que en 2015, 17 años después de haber registrado en unas cintas de casete BASF aquellas entrevistas, batiendo mi propio récord de procrastinación literaria, me dispuse a escribir a cuatro manos con mi abuelo (y con quien hiciera falta) sus recuerdos y los míos.

 

 

Anuncios


Deja un comentario

Crítico, cáustico, eléctrico, falso                  

Underwood_No_6_Desktop_Manual_Typewriter_1937_001

Ha ocurrido algo milagroso, loado sea Lucifer

Once años después de aquel episodio que atacó a la mitad de mí,

Me encuentro de repente curado, oh Satanás

Aunque igual son los corticoides

Una ilusión pasajera

Un sueño

Tal vez despierte

Camino con soltura e incluso me ha regresado sensibilidad,

Parcialmente,

A las manos, a los dedos meñique y anular, exactamente

Podré tal vez volver a escribir a máquina

Golpeando vengativamente con toda mi mano abierta

Y todas mis fuerzas

Como hacía Hemingway de pie frente a su Corona portátil

En Madrid durante la guerra

Para pasmo y lubricación de la periodista Martha Gellhorn

Pero sobre todo, hermanos, está lo de la paz de espíritu

También (bueno, esto no) puede ser por los corticoides

Siempre las drogas, malditas seáis todas

No, esta vez se debe a mi último hallazgo,

a la gema escondida en la piedra

una combinación de aceites que engrasa mis juntas y nervios

Era lógico: debía volver a mi tierra

Al cáñamo y al aceite de oliva virgen extra

A la marihuana (medicinal, de momento) y al olivo milenario

Humildes productos que atemorizan tanto a las farmacéuticas

A los gobiernos y sus dueñas las multinacionales

Mis conductos se calman, mis ancestros se liberan

Todo en mí respira aliviado de décadas a la defensiva

Crítico, cáustico, eléctrico, falso

Gracias a un aceite

Aunque también puede ser por los corticoides

Un sueño

Un alivio momentáneo

Mis manos

¿Dónde estará la Underwood de mi abuelo?


Deja un comentario

Prednisolona

Llevo tiempo buscando la verdad

Como un iluso

Me he topado con gente que la daban por perdida

Y vivían entregados a la mentira

Como si fuera la verdad

No hablo de política

O no solo

Hablo de más cosas, las que me han convertido en un ingenuo

Un inocente esclerótico

Quizás la enfermedad me ha dado un respiro

Para pensar, para tumbarme y pensar

Mientras veo Homeland o House of Cards

Esos jueguecitos de manipulación de los gringos

Quiero saber la verdad

O al menos necesito ser capaz de comunicar MI verdad

Si no me permiten saberla

Que será lo más probable

Un pardillo como yo, ¿a quién le importa?

Voy a volver a apagar la televisión

Lo anuncio solemnemente

Mis años más productivos fueron sin telediarios

En EEUU me miraban como a un loco cuando les decía que no tenía televisión

Escucharé podcasts de Radio Libertad Constituyente, me aprenderé cada anécdota de García Trevijano, el viejo promotor de la platajunta, amigo de don Juan y enemigo del traidor Juan Carlos, al que deslumbró con un Maserati descapotable

Quiero decir la verdad

Debería aprovechar ahora, bajo los efectos desinflamatorios de los corticoides recetados para recuperar la visión y deshacerme de la visión borrosa, doble y temblorosa, del ojo derecho, regalo de mi último brote

Hacía 4 años que no tenía un brote, casi lo echaba de menos

No el deterioro físico que conlleva, sí el mensaje subyacente: “aprovecha, vive el momento, carpe diem, mañana puede ser peor, beatus ille, disfruta de tu refugio, locus amoenus, vuelve a enamorarte, tempus fugit, el tiempo se acaba”

Después del coñazo electoral, me retiro

Todavía más

Escribiré de una vez por todas

Todas las verdades que me quedan por escribir

Me duela a quien me duela

Voy a ver qué hace Saúl Berenson

Disculpen


Deja un comentario

Posonia

12809636_10153917662263070_2243259288545768639_nEste es un poma para Pomia, soniando sonios en forma de posia para Soña, te lo entrego hermana, Sonia que soña, tan pequeña como un soema para Soña pequenoa, m da risa solo d pensarlo, Sonia pero te llaman Soña, y Personia. Te lo escribo pa que sueñes, soniando, suenas soñando sonidos q bailen poemas. Y a la vez q suenas palmeras al viento, yo te mando besos pequenios pa q suenes y rías, con piernas como poemas sueñados q suenan a risa y a llanto.
Muchos bersos por tu cumpleaños hermania.

Poema para Sonia González Sánchez escrito el año pasado.


Deja un comentario

Niños muertos y la visión de algo incomprensible

gonzalez_monteagudo_nazario_mayor

Juan

Tú no lo sabes, pero aquí estoy yo más de 80 años después haciendo cosas rarísimas por tu culpa. Frikadas, las llama un amigo mío.

Mira, Juan, podría contarte lo que he aprendido de la vida en tu ausencia. También restregarte que he vivido 41 años más que tú. No sé si mejor que tú, eso sí. Todo eso me parecería terriblemente injusto contigo. Sería un imbécil si lo hiciera. También podría cambiar de tema y ponerte los dientes largos con alguna información que de seguro apreciarás. Me refiero a que desde que te fuiste existió Maradona. Y Messi. Por ahí tampoco voy a ir, es cruel. Y tú solo tienes seis años, no te mereces algo así. Aunque tú hubieras sido más de Pelé, es más de tu época. De tu hipotética época, si hubieras vivido.

Cómo es el ego, me tienta a hacerte ver lo que te has perdido, chiquitín.

El otro día me hiciste llorar, cabronazo. Tú allí, de pie en la esquina de la plaza del Raval. El mismo lugar, aunque al otro lado de la plaza, en el que tuvo una bodega mi tío el Adrià. Mi tío abuelo, como tú, pero por parte paterna. Parece que todo ocurrió en ese lugar: tu accidente, la vida de Adrià, sus partidas de cartas con los amigos que iban a tomar el café y el digestive a la salut de tots vosaltres, collons!

Sigue leyendo


Deja un comentario

Gracias

Yo en Fnac

Gracias a todos los que habéis querido seguirme en Mundo Dedé. Aquí voy a ir compartiendo las entradas de los borradores de mi futura segunda novela, que todavía lleva pañales. Tengo 12 capítulos esbozados, pero con el número 2 ya os podéis ir haciendo una idea de qué va a ir la cosa. El 1 todavía está solo hilvanado. Lo considero quizás el más importante y le tengo mucho respeto. Lo que sí puedo decir es el título de todo el libro, que es el segundo de una presunta trilogía que se llamaría «El árbol del día y de la noche». Este segundo volumen lo he bautizado «Nieva sobre nevado». Como adivinareis, tiene un componente político importante. Es mi manera de desquitarme de mi breve experiencia política creando en un mundo ficticio la sociedad que yo y muchos soñamos. Cada vez tengo más claro que tus esquemas mentales son más sólidos que los reales. Y sobre todo, seguro que más gratificantes, ya que sólo dependen de uno, no de las luchas entre muchas mentes cada una tirando para su lado. Aquí, en pocas palabras, el que manda soy yo. Eso sí, con permiso de todas las personas que vivieron o recuerdan los episodios narrados o imaginados. Una vez creado este universo particular, habré cumplido una deuda pendiente y largo tiempo prometida, la de contar (a mi manera) la historia de mis abuelos, de sus vivencias de guerra y exilio. He llegado a la conclusión de que en esta historia que tanto ha marcado a mi familia paterna (la materna será protagonista de la tercera), está la clave de mi propia vida. De la pasada y de la que queda por venir.


2 comentarios

Visita real

captura_de_pantalla_2013-05-12_a_las_11.44.11

En aquella época todavía tenían la fea costumbre de vallar los parques. Antes los jardines se cerraban por miedo a los ladrones o a los animales; no existía el concepto de parque público, eran espacios privados, propiedad de ricos o nobles. Sería por miedo a que una sola cabra pudiera desflorar todo un rosal mimado pacientemente por el jardinero. La valla de espadas forjadas de la Glorieta, un cuadrilátero amedrentador con el tenderete para la banda de música situado en el centro, cerraba sus cuatro puertas por las noches para proteger el paraíso, antes en invierno que en verano (cuando llega el calor siempre se amplía el horario para disfrutar de la fruta prohibida del árbol del conocimiento del bien y del mal). Por la mañana llegaba “El Guardieta” arrastrando entre geranios sus alpargatas negras de esparto (con el meñique de cada pie fuera) y abría a los ilicitanos los paseos de tierra con forma axial delimitados por quioscos en los cuatro vértices: Rico y Burló vendieron allí quintales de prensa, cromos, pipas, almendras garrapiñadas, chicles. Los niños más pequeños jugaban a las canicas o a la comba o a la rayuela en el centro; los padres los vigilaban caminando en círculos; los jóvenes giraban, los chicos en una dirección, las chicas en la otra, y se hacían los encontradizos y formaron infinidad de parejas durante décadas. Los niños más revoltosos, que iban solos, triscaban por los parterres y “El Guardieta” los ahuyentaba con un látigo hecho de palma. Sigue leyendo