Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí


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Jacqueline

He anunciado que hablaría de los errores que ya había empezado a cometer Mario pero, en cambio, me he lanzado a hablar de aciertos, porque los desaciertos en el terreno amoroso (pocos a esa edad, también es cierto; aunque el chaval corría pocos riesgos debido a una timidez de libro) he evitado narrarlos.

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Relato

El protagonista de este relato es Mario, un joven de 26 años.
Mario, por qué no. Y 26 años porque es necesario que sea alguien que pueda mirar atrás con nostalgia, que tenga años y probabilidades de haber sufrido, capacidad de llanto o agobio o arrepentimiento o frustración. Y a esa edad normalmente ya se ha vivido lo esencial y ya se han dibujado en la piel las líneas básicas por las que viajará la pelota, si me permiten el término futbolístico. Existe la posibilidad de cometer errores, es a partir de entonces cuando se cometen los más gordos, y también de enmendar alguna frivolidad juvenil. Y ya nadie vigila, se acabaron los años de estudios en los que estás sometido a reglas, fechas y pruebas, con varios filtros en tu radio de acción. Eres libre de meter la pata, en definitiva.

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Loli III (y fin)

3. La vida sin Loli.

Valdepeñas, el apellido de La Niña Viajera, había unos pocos en el listín telefónico. En esos días libres, llamé a todos. Dejé mensajes en contestadores, incluso ordené una caja de vino tinto a la delegación argentina de la empresa española del mismo nombre. Pero ninguno correspondía con el número de La Niña Viajera. Me cansé de indagar sin resultado y decidí esperar a que ella misma diera noticias.

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Loli II

2. Yo y mis circunstancias. Loli, La Niña Viajera, desapareció y yo volví a mi pin pan pun. Sólo que, en vez de ponerme a vender marisco, reanudé mi oficio de vendedor de ordenadores. Esta vez por libre, que tiene la ventaja de que el traje es opcional. También empecé a salir con Lucía, una chica bastante adecuada a mi situación en ese momento. Cosa que hice gracias a Loli. Tal vez la niña misteriosa del parque me hizo entender que no debía sumirme en el aburrimiento, que debía intentar divertirme un poco. Con Lucía me iba bien aunque, como es lógico, mi vida no estaba llena del todo. Más bien estaba todavía medio vacía.

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El sábado II

De un sábado de aquellos a uno de estos hay hoy un abismo y, a la vez, un suspiro. Quizás lo único que los une son personajes como el travolta de la funeraria. La vida de pueblo (y la de ciudad) tiene esos nexos, seres que deambulan, están siempre presentes y frecuentan los núcleos de actividad social: la terraza del Marfil, las redacciones de los periódicos, la Peña Madridista, la emisora local, la grada del estadio. Son eternos hasta que un día desaparecen del mapa, como le ocurrió a Manolico Bazoca, Marcos el luchador, a Pin y a tantos otros.

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El sábado

El sábado pasé por la plaza de Sindicatos y ahí estaba en su portal Pepe, el empleado de la funeraria La Siempreviva, imitando a Travolta en Fiebre del sábado noche. Ahora ya no existe la funeraria, se ha transformado (y trasladado junto a un polígono industrial) en un gigantesco tanatorio que recientemente ha criado un vástago moderno, junto a un centro comercial (ya se sabe, es un negocio sin vacas flacas, siempre se muere alguien). Pero Pepe estaba allí, frente a un Tous donde venden joyas y dijes con carita de oso sonriente, como un totem de la nostalgia, levantando el brazo como diciendo «staying alive», o sea, sigo viviendo.

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Mi Macondo

Llevo años dándole vueltas a un historia y a unos personajes. Se trata de una historia imaginaria y de unos personajes de ficción realista, o reales ficcionados, según se mire. La historia está inacabada y los personajes van creciendo en mi imaginación. Igual que las personas, necesitan tiempo para crecer. Últimamente le he dado un impulso a mi historia y todo pinta ya de otro color, después de mucho tiempo de bloqueo. La trama sigue sin existir, se queda en simple anécdota. Lo que ha nacido en mi cabeza es el escenario, mi Macondo.

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Recapitulación

Todo esto que siento ahora no es nuevo. Lo siento con más desgarro, más ásperamente, eso sí. Pero algunas de las sensaciones que ahora soporto desde que se me despertó la em antes también existían, latentes o explícitamente. Me refiero a un día caminando por la acera lateral del Retiro madrileño, en una leve cuesta empinada, muy leve. Tras caminar desde el hotel Ritz, creo recordar, de donde venía de entrevistar a (pongamos por caso) Forest Whitaker (por citar a uno en boga ahora) me sentía destragado y desplomado.

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