Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí


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Irela de blanco

Irela de blanco

Irela de blanco, va ella de blanco, en la foto negro y blanco, la sonrisa instantánea en los veintipocos años, se sonríe desconfiada de su velo blanco, que vuela y flota y vuela el velo de encaje tan grácil y blanco, mi querida Irela, que aparece tan tenue en esa niebla de 21 grados al sol del Mediterráneo, difuminada en átomos pixelados de calor blanco, con olor a polvo, a algarroba y a gato, salen propulsados astros de tierra frente a la perspectiva candente del paisaje quemado, espuma de limón, amarillo blanco.

Sale Irela de su vestido blanco y se introduce en otro cuerpo pecaminoso y santo para recorrer tierra y charcos en una rayuela de asfalto, en un alquitrán amargo, en columpios con sabor a acero sin óxido, templado, ofensivo, de patio de colegio vuelto del revés y rubio y de ojos claros como aquel mar Mediterráneo de años después, diáfanos y verdes en los miradores de romero y salitre, de refugios blancos como pequeños torreones áureos.

La juventud puede ser decididamente anciana si la vivimos en su reverso sobrenatural, amigos, hermanos. Son niñas que callejean arriba a lo largo de muros gastados, sucios de pintadas a mano, de encalados municipales y humo de ciclomotores. Los años jóvenes, ay sí, me recuerdan a la Cocacola caliente de los cumpleaños, a la paella helada del centro social y al cigarrillo rubio de las compañeras de patio, igual que al negro del profesor bajo un plátano de hojas abanicadoras y cargadas de rocío blanco.

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Ya estoy donde Yulio

Con este calorcito primaveral (hay días que parece que sea verano), tengo la sensación de que ya estoy donde Yulio (Iglesias), es decir, allá al sur del país, en Maiami, donde voy a seguir mis estudios superiores, léase doctorado, a partir de agosto. Mi idea era volver a casa definitivamente pero, por zanjar el tema que me ha estado angustiando estos dos últimos años, la explicación a mi decisión es sencilla: a ver quién me hubiera ofrecido en España un contrato por cinco años cobrando todos los santos meses. Y encima, estudiando lo que me gusta. Lo que digo, ya parece que esté allí: sol, barbacoas, fin de curso, la universidad vaciándose lentamente, los estudiantes mudándose al aire acondicionado paterno en bandadas de aves migratorias…

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