Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí


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Niños muertos y la visión de algo incomprensible

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Juan

Tú no lo sabes, pero aquí estoy yo más de 80 años después haciendo cosas rarísimas por tu culpa. Frikadas, las llama un amigo mío.

Mira, Juan, podría contarte lo que he aprendido de la vida en tu ausencia. También restregarte que he vivido 41 años más que tú. No sé si mejor que tú, eso sí. Todo eso me parecería terriblemente injusto contigo. Sería un imbécil si lo hiciera. También podría cambiar de tema y ponerte los dientes largos con alguna información que de seguro apreciarás. Me refiero a que desde que te fuiste existió Maradona. Y Messi. Por ahí tampoco voy a ir, es cruel. Y tú solo tienes seis años, no te mereces algo así. Aunque tú hubieras sido más de Pelé, es más de tu época. De tu hipotética época, si hubieras vivido.

Cómo es el ego, me tienta a hacerte ver lo que te has perdido, chiquitín.

El otro día me hiciste llorar, cabronazo. Tú allí, de pie en la esquina de la plaza del Raval. El mismo lugar, aunque al otro lado de la plaza, en el que tuvo una bodega mi tío el Adrià. Mi tío abuelo, como tú, pero por parte paterna. Parece que todo ocurrió en ese lugar: tu accidente, la vida de Adrià, sus partidas de cartas con los amigos que iban a tomar el café y el digestive a la salut de tots vosaltres, collons!

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Gracias

Yo en Fnac

Gracias a todos los que habéis querido seguirme en Mundo Dedé. Aquí voy a ir compartiendo las entradas de los borradores de mi futura segunda novela, que todavía lleva pañales. Tengo 12 capítulos esbozados, pero con el número 2 ya os podéis ir haciendo una idea de qué va a ir la cosa. El 1 todavía está solo hilvanado. Lo considero quizás el más importante y le tengo mucho respeto. Lo que sí puedo decir es el título de todo el libro, que es el segundo de una presunta trilogía que se llamaría «El árbol del día y de la noche». Este segundo volumen lo he bautizado «Nieva sobre nevado». Como adivinareis, tiene un componente político importante. Es mi manera de desquitarme de mi breve experiencia política creando en un mundo ficticio la sociedad que yo y muchos soñamos. Cada vez tengo más claro que tus esquemas mentales son más sólidos que los reales. Y sobre todo, seguro que más gratificantes, ya que sólo dependen de uno, no de las luchas entre muchas mentes cada una tirando para su lado. Aquí, en pocas palabras, el que manda soy yo. Eso sí, con permiso de todas las personas que vivieron o recuerdan los episodios narrados o imaginados. Una vez creado este universo particular, habré cumplido una deuda pendiente y largo tiempo prometida, la de contar (a mi manera) la historia de mis abuelos, de sus vivencias de guerra y exilio. He llegado a la conclusión de que en esta historia que tanto ha marcado a mi familia paterna (la materna será protagonista de la tercera), está la clave de mi propia vida. De la pasada y de la que queda por venir.


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Visita real

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En aquella época todavía tenían la fea costumbre de vallar los parques. Antes los jardines se cerraban por miedo a los ladrones o a los animales; no existía el concepto de parque público, eran espacios privados, propiedad de ricos o nobles. Sería por miedo a que una sola cabra pudiera desflorar todo un rosal mimado pacientemente por el jardinero. La valla de espadas forjadas de la Glorieta, un cuadrilátero amedrentador con el tenderete para la banda de música situado en el centro, cerraba sus cuatro puertas por las noches para proteger el paraíso, antes en invierno que en verano (cuando llega el calor siempre se amplía el horario para disfrutar de la fruta prohibida del árbol del conocimiento del bien y del mal). Por la mañana llegaba “El Guardieta” arrastrando entre geranios sus alpargatas negras de esparto (con el meñique de cada pie fuera) y abría a los ilicitanos los paseos de tierra con forma axial delimitados por quioscos en los cuatro vértices: Rico y Burló vendieron allí quintales de prensa, cromos, pipas, almendras garrapiñadas, chicles. Los niños más pequeños jugaban a las canicas o a la comba o a la rayuela en el centro; los padres los vigilaban caminando en círculos; los jóvenes giraban, los chicos en una dirección, las chicas en la otra, y se hacían los encontradizos y formaron infinidad de parejas durante décadas. Los niños más revoltosos, que iban solos, triscaban por los parterres y “El Guardieta” los ahuyentaba con un látigo hecho de palma. Sigue leyendo


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Diario Dedé

imageEl primer diario que escribí todavía andará por ahí en alguna caja de cartón después de haber pasado décadas en cajones de cómodas o en baúles llenos de trabajos del colegio y apuntes del instituto y la universidad que sobrevivieron a mudanzas y hogueras. Hace poco encontré el diario que escribí en Nepal, tenía tapas duras y páginas blancas como la mayoría de libretas utilizadas para escrituras más o menos literarias. Luego los soportes fueron digitales, primero en armatostes de teclas casi tan duras como la máquina de escribir de mi abuelo, luego en mi primer portátil y desde un antiguo caserón de Pensilvania. Ahora estoy deslizando la yema de mi pulgar y se dibujan líneas calabaza sobre un teclado virtual que manda palabras a una mini pantalla de mi teléfono. A quien se lo dijera ahora me colgaría de los talones y me haría negar tamaño sacrilegio escritural mientras me golpeara con una regla en los tobillos.

Mi vocación de escritor se despertó con los diarios y esos cuadernos de tapas duras y hojas color hueso. Ahí depositaba esporádicos pensamientos sacados de vivencias juveniles, esperanzas y deseos confesables. Nunca imaginé que esos artefactos de aromas románticos hoy se transformarían en un trozo de plástico táctil hecho en China. Lo que sea con tal de no dejar de lado mi antigua vocación.


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2 años

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Querido papá, ya hace dos años que te fuiste como un resoplido de Buda bueno y satisfecho.

Como recuerda Nazario al principio de esta grabación, te esfumaste mientras escuchábamos a Maria José leer “El Principito” en francés, todos rodeándote en la habitación de la clínica Vistahermosa.

Tú estabas en coma desde la noche antes en que te dieron más morfina para aliviar el dolor, o para regalarte una muerte amarga como el beso de la amapola.

Ana, que se portó como una jabata todas aquellas últimas semanas sin saber nadie que eran las últimas, suspiraba los dedos y entrelazaba ayes y náguaras.

Recuerdo el llanto desgarrado de Cristina, de repente, que me dejó sin palabras y a Juan Carlos abrazándose a sí mismo.

Yo, más sancochado que cuando ella misma me confesó dos días antes que te quedaban dos días, según los infames galenos.

Nunca me han acuchillado el estómago, pero aquella noticia fue como un tajo de bisturí que provocó un chorro santo de gamma globulina.

El tío Patri, tan ciervo herido también por sus propios tumores, estaba sentado en una butaca del fondo y se deshidrataba llorando, era un mar de pena, mi pobre tío Patri a sus 80 años.

Había gente más entera, milagrosamente, como si todo fuera a continuar igual: el cigarro de la entrada, la tostada con mantequilla, comprar el periódico, ¡a mí qué me importará lo que pase más ya!

Yo te toqué en la mejilla como despidiéndome y grité algo, desquiciado: ¡Qué grande eres, papá!

No fui original, era lo que te decía tu padre, Nazario, cada vez que se le henchía el corazón al ver una representación tuya.

Luego cada vez estuviste más frío. Más vestido de traje. Más peinado y con aspecto de hombre cabal y juicioso.

Hasta que te acompañamos a la puerta de ese averno de pacotilla que devuelve astillas de ataúd y cenizas cuando le has introducido tanta carne alada.

La última noche te dije que te quería y discutimos un poco sobre quién quería más a quién. Fue la primera y la última vez que me diste la razón.

Y ya no he vuelto a hablar contigo, salvo cuando me llamaste por teléfono mientras dormía. Contesté: “¿Andrés?” “¿Papá?” Y se cayó la llamada desde el multiverso en el que te encuentras ahora.

Estos días he llorado con el programa de radio que Nazario te ha hecho, pero quiero que sepas que el llanto ha surgido del subconsciente porque yo cada día recibo mensajes y consejos tuyos, cada día te escucho y las canciones que nos unen, como la que abre este programa dedicado a ti (no perderse el principio y el final), canciones como la de tu gran amiga Teresita, que ahora te acompaña, traspasan los velos.

Programa XIII Possiqueteveré. Gaceta cultural de La Carátula.

Sol FM

Dirección: Nazario González.

Sonido: Juanjo Martínez.

Música: Teresita Fernández, Héctor González, entre otros.

Locutores: Marina Teresa González, Patricio Vidal Carpio.

Reporteros: Patricio Vidal González, Mayte Sierra.