Mundo Dedé

Borradores de la mitad de mí


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Presentación en Madrid de ‘La mitad de mí’

La mitad de Andrés

En la presentación de mi libro en Elche, hace un mes, en la que tuve la suerte de estar acompañado por Vicente Verdú, leí extractos de mi libro, hice una presentación al estilo estadounidense, una lectura, una elección que te ahorra hacer autocrítica y de paso diseccionar tu propia obra, que es una tarea que nadie que escriba tiene ganas de hacer. Porque, ¿por qué escribir unas líneas, incluso un artículo o breve ensayo sobre tu propia novela si eso mismo te ocupó 200 páginas para decirlo? Así que aquí iba a hacer lo mismo, leer para abrir el apetito del que luego quiera leer el libro. Sin psicoanalizarme ni desnudarme, ni exponerme públicamente más de lo que lo he hecho ya, privadamente, en La mitad de mí, este libro de estampas literarias y crónicas y relatos novelado y con tintes autobiográficos sobre la mitad de la vida de un hombre, sobre la búsqueda de la sensibilidad perdida en la mitad de su cuerpo a causa de una enfermedad y el rastreo de la llamada otra mitad, pero sobre todo, como bien supo ver el otro día Vicente, sobre la necesidad de escribir, ese rapto misterioso, casi a vida o muerte a veces, que lleva a escribir. Ese impulso de que o escribes o no eres nada ni nadie.

El sábado pasado Vicente exponía en su columna de El País algunas de las ideas que comentó en la presentación de Elche. Cuál es el motivo íntimo de la escritura. A Gil de Biedma, recogía él, le preguntaron por qué escribía y contestó: “Escribo para haber escrito”, una forma de liberarse de la culpa de no hacerlo, añadía Vicente, algo en lo que estábamos todos de acuerdo (aunque he visto alguna discrepancia el mismo sábado en Facebook proveniente de algún escritor joven que obviamente no es un escritor gravemente herido, o letraferido, como todavía son los hijos de aquellos “santos personajes”, decía Vicente.

Mi presentador terminaba su artículo subrayando una tendencia actual en la literatura obsesionada con la celeridad, por la cual, decía: “Toda meditación, toda reflexión, todo pensamiento suelen parecer demasiado largos y morosos. Frente a la meditación la intuición, frente a la reflexión la acción, frente al pensamiento el movimiento”.

Y esto nos lleva a otra fuente recomendada por Vicente el otro día, con tus sugerencias de lectura me lo has puesto más fácil y me has ayudado a desenredar la madeja  que estaba liada en los últimos meses ante la perspectiva de la presentación de mi libro. Mencionaste el ensayo de Gabriel Celaya Exploración de la poesía, que no me da tiempo a desmenuzar aquí aunque sí a destacar un par de sus valiosas ideas.

Y hablando del cuerpo, Gabriel Celaya enumera siete sentidos en San Juan de la Cruz. Los cinco que conocemos, más dos sentidos internos, el Imaginativo y el Fantástico. Es decir, no se puede entender la realidad si no unimos lo sensitivo a lo mental. “Lo que San Juan de la Cruz niega tajantemente”, dice Gabriel Celaya, “no es el flujo poético sino el discurso de la razón pura: Niega la posibilidad del discurso sin el simultáneo ejercicio y operación de la imaginativa, porque dice que el discurrir es a base de imágenes fabricadas por los sentidos interiores”.

Así que ya descarto definitivamente explicar mi libro exclusivamente a través del cuerpo, que es uno de los temas importantes de la novela y la recorre de arriba a abajo, con un protagonista marcado, como muchas otras personas de su generación, por el cuerpo como ultimo refugio, por el sexo, drogas y rock and roll de la Generación X y antes de la Generación Beat o la de los 50 en España. Y esta conclusión me ayuda a imaginar mi próximo libro, que pretendo que esté centrado en la mente y la apelación de San Juan de la Cruz a lo sobrenatural, lo que otros llaman lo supernormal.

Yo en Fnac


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Sitio de piedra gris (y III)

Libros que vuelan

Tercera sesión.

 

Romualdo Siles, profesor, poeta, amante padre de tres jovencitas, sube los escalones astillados por el uso de Tolentine Hall. Porta una mochila, su anorak azul y un pasamontañas de lana que le protege del exterior. El pasillo está en silencio, los curas se recogen en sus dormitorios después de una cena desmesurada, como siempre. Algunos ya dormitan. Romualdo se planta ante la habitación 56b, empuja la puerta y abre. El padre Gardner está sentado en un sillón junto a la ventana con forma de pecera, Siles puede ver el camisón envolviéndole y los cuatro pelos crispados de su calva. Lo mira. Se miran. El decano no le pregunta nada porque ya sabe quién es y qué hace allí. Romualdo sí le dice algo, solo una cosa, como portavoz de una idea largamente meditada y consensuada. El decano escucha y, tras revolverse un segundo en su asiento, le responde que es muy probable que eso ocurra, pero que no es momento ni lugar para hablar del asunto, que hay cauces adecuados, reuniones departamentales y consejos universitarios. Él insiste mientras saca de su mochila una pala manchada de algo que parece estiércol. Que si sabe cuántas familias dependen de su decisión. Que, claro, no lo sabe. Gardner intenta levantarse. Siles le empuja violentamente con el mango de la pala, el decano cae de nuevo en el sillón, aturdido. Hay dos maneras de hacer esto, dice Siles. Una es matándole yo a usted. La otra es leyéndole algo para ver si consigue entender la magnitud del problema. Adelante, lea, dice Gardner, cada vez más tembloroso.

Siles comienza. A pesar de la ropa, la pala y el pasamontañas, se erige ante su público como un trovador, un lector de pliegos, un recitador profesional. Para empezar, deja escapar una jauría de chigüires, que rodean al espectador y lo olisquean y le hacen estremecerse ante la potente y cosquilleante carga de los roedores. No tardan en impregnar al decano y su aposento de un fuerte olor a meados, siembran el cuarto de bolitas de excremento y se arremolinan con sus crías en un lateral. Siles prosigue leyendo cuando unos nubarrones se ciernen sobre la 56b. Son unos cumulonimbos que anuncian el juicio final, los rayos y cataclismos últimos, terminales, apocalípticos. En realidad, gases de los colores del infierno. Siles se agarra a los pies de la cama mientras Gardner recibe la llamarada de viento en su cara. Ambos reúnen fuerzas para continuar y, chasqueando un hemistiquio, Siles divide cielo y tierra ante el pavor de miles de serpientes que reptan por el suelo y las paredes, se hacen nudos y devoran a los chigüires más pequeños, sin que los mayores se atrevan a hacer nada. Gardner, crucifijo en mano, parece una zarigüeya subido a su butaca. Mira al poeta demandando piedad. Al demandarla, es un ser desnudo en la intemperie, las mejillas quemadas y la nariz goteante. Sus dientes ensayan una sonrisa pero definitivamente no consiguen su objetivo. Es frío y pasmo y desconcierto lo que exterioriza el pastor.

Sin embargo, es la zarigüeya la que pide un alto, una pausa que le permita pensar. Siles deja los últimos versos en el aire al tragar saliva. Gardner le dice que vamos a ver, seguro que se puede arreglar, que no es cerrar, cerrar, se requiere una resolución interdepartamental pero nadie ha dicho nada sobre que no se pueda hacer, déjeme que le diga, las humanidades tienen su importancia, lógicamente, son definitivamente claves en nuestro sistema educativo, no estamos pretendiendo cargarnos las lenguas romances tampoco, es un reajuste presupuestario momentáneo. Esto es un negocio, compréndalo. Cuando tenga ocasión, transmítale a sus compañeros que lo solucionaremos, tiene mi palabra, parece concluir.

El lobo marino y la zarigüeya se quedan observando fijamente. Siles levanta la cabeza, recuerda algo y devuelve la vista a la hoja que conserva en su mano izquierda. Lee: trescientos, tres mil, trescientos mil. Y se forma una tempestad que hace volar a serpientes, roedores, marsupiales y grandes mamíferos, tanto acuáticos como terrestres. El tornado revienta puertas y ventanas, se traga todo el mobiliario y también al padre Moroney, que pasaba por el pasillo. Llama la atención la estantería al levantarse por los aires y dejar libres a decenas de libros que abren sus alas, las baten con fuerza y desaparecen por el agujero de la pecera.

Tres millones, había dicho Romualdo Siles antes de salir despedido a través del vacío.


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Sitio de piedra gris (II)

En Estados Unidos siempre van adelantados en todo.

Cementerio de sacerdotes en Villanova University. En Estados Unidos siempre van adelantados en todo.

Sitio de piedra gris (II)

Segunda sesión.

Lunes de nuevo. Corina se sienta en la larga mesa y mata el tiempo ilustrando flores de carbón en su cuaderno. Saluda De la Gándara, saluda Cosme. Hoy Siles no vendrá, anuncia el director del taller. Por trabajo, miente. Horacio y Carlos llegan enseguida, planean sobre sus asientos como gallinazos que acecharan carnaza desde las alturas. Intercambian amistosos pellizcos con el resto, balanceando sus negras alas sobre el poema abierto en canal por Corina, una doble página cuidadosamente cosida, adornada por salpicaduras en forma de párrafos delicados, igual que rizadas pestañas de niña. A la vez, entra Vito acompañado por gruñidos de bienvenida y sus cansados aspavientos chocan sucesivamente contra las libélulas flotantes de Corina y los antiversos de Cosme, que en ese momento chispean sobre el tórtolo.

Gardner ya había sido dado de alta y se recuperaba en Tolentine, sondado en vino de Napa Valley y con una clínica estable, dentro de la lógica reserva, comunica De la Gándara. Alberto continúa con su discurso introductorio habitual en cada sesión, esta vez amenizado por las últimas noticias, las que han estado en boca de todos en la última semana. La policía no ha encontrado a nadie, ha dicho el confidente que ha dicho Caroline que ha dicho el inspector del condado de Montgomery.

De la Gándara abre la reunión y Horacio parece levantarse aunque no lo hace, se yergue en su metro ochenta de estatura, dirige la mirada al papel y eructa una idea y luego otra y otra, una colección de letras que estrella contra la pecera y comienza a chorrear cristal abajo como si de un albatros suicida se tratara. Todos hacen sus comentarios, fructíferos, sabrosos, endulzados en sus bordes y amargos en la semilla crítica del manjar. De la Gándara se frota las garras con un ruido estridente y Carlos golpea nervioso el lápiz en la madera prensada. Vito dice algo sobre la benzina contenida en el refresco Zero que sorbe Corina; los demás le ignoran y toman el comentario como un punto y aparte en la narración colectiva de hoy.

Carlos ha traído excepcionalmente un texto. Lo celebran entre tics salvajes. Adelante, dice De la Gándara. Comienza la lectura y caen destellos ásperos sobre el flanco derecho, un barniz de membrillo en el centro, además de diversas caracolas domésticas en el izquierdo. Cuando el cuadro queda completado, el boquerón abre bien sus agallas para tomar oxígeno y colear con su rojas membranas al aire. El resultado es feliz pero más de uno se siente infinitamente disgustado por un instante. Son los mohos que han aparecido sin saber por qué en las paredes de vidrio y en las rocosidades de la gruta. Mientras, siguen cayendo como copos de cieno fonemas desmenuzados por los dientes afilados del boquerón. Comentan lo escuchado y protestan de diferentes maneras, salvo una que sería la más consecuente: arrancando de un bocado la cabeza del pez.

Corina los mira con círculos concéntricos y coloca los papeles en un golpe seco. La fauna que la rodea emite sonidos delirantes y las hojas gotean púrpura. La alondra pide permiso y afina las cuerdas vocales en un gorjeo inaudible. Posada en la rama más baja, suelta lo que lleva en su interior alimentando de esa manera a sus crías, que abren sus picos exageradamente, de manera dolorosa. Les deposita gusanos masticados y retoma el vuelo hasta que se desbandan las bestias carroñeras, que yacían adormiladas en una esquina de la habitación. La alondra vuela hacia lo más alto y, al descender, se mimetiza con el paisaje de los congregados.

De esa manera tan terrenal, ha entonado su canto. De la Gándara le da las gracias y, al comprobar que nadie más se anima hoy a leer, se decide él mismo a picotear en su extensa producción lírica. Saca un librito impreso en 1985, elige una página con la esquina doblada y recita estrofas que parecen una poética, como todas las estrofas de todos los poetas.

El escritor va metamorfoseándose al avanzar en el sistema lingüístico por él dispuesto, respiraciones esforzadas con cada conjunto gramatical, frases en forma de guirnaldas y vueltas diluido plancton. Se aposta frente a las especies posteriormente engullidas, microorganismos animales y vegetales suspendidos en una niebla líquida, como un cetáceo testarudamente hambriento que castañetea las mandíbulas hasta que sale y entra todo lo necesario, se transforma en mar o en espesura o en pradera de posidonia, se sacia y escupe un pequeño hueso de ave. Al recibirlo, se excitan sin sentido los buitres del rincón, contagiando su nerviosismo al boquerón, el tórtolo y la alondra.

Una vez finalizada la exhibición, Alberto respira hondo y larga una historia de las suyas, del momento en que fue escrito el poema, de la manera en que la dictadura chilena destruyó la educación pública de Salvador Allende, cuando se marginaron los conocimientos básicos para entender la vida por una mayoría en beneficio de las herramientas para descifrar los mecanismos del dinero por unos pocos.


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Sitio de piedra gris

Miembros fundadores del taller literario "Pinzón 9" en otoño de 2008 (Villanova University, EE. UU.)

Miembros fundadores del taller literario “Pinzón 9” en otoño de 2008 (Villanova University, EE. UU.)

Sitio de piedra gris

Primera sesión

Un lunes de noviembre por la tarde, se reúne el taller de escritura creativa del departamento de Lenguas Romances de una universidad del Este.

“Enmarcadas por geometrías vegetales, las carnosas alfombras cubren los escalones de Graystone Place. Enmudecen todavía más al ya de por sí silencioso edificio. Cuelgan en cada rellano como lenguas de perro. Papilas de sangre y nieve embarrada chapotean su escalada al apartamento”.

Horacio Izquierdo Laso remata su lectura en voz alta exhalando el folio sobre la mesa. Guiña un ojo y con el otro, una entreabierta piel de almendra, inspecciona a sus compañeros de taller. Ellos leen por segunda vez su copia del escrito, con aprensión —casi asco, se podría decir— e intriga a la vez. Un silencio crepita en el cerrado ambiente. Fuera, a través de la pecera, parece haberse adormilado el tiempo y las grises ramas de los olmos boquean hambrientas.

—Mucha adjetivación —dice Cosme Damián, parapetado en un portátil, desde una esquina de la sala de reuniones del departamento. El joven poeta hace recuento: carnosas alfombras, silencioso edificio…

—Sí, cierto —dice Horacio, disimulando el tambaleo. Le agradece la apreciación, Cosme contesta algo que Horacio no entiende y el joven poeta repite que de nada. El otro, que ah. Se ríen.

—¿Alguna cosa más? —dice Alberto de la Gándara subido a sus bigotes de roedor arbóreo. Los semblantes de los miembros del taller indican que a nadie se le ocurre qué añadir al respecto, pero aun así se produce un largo paréntesis. Carlos Ponce de León y Vito Fortunato se entretienen espulgando de nuevo el texto, atrapando morfemas, desplazando sintagmas verbales. En eso Romualdo Siles que entra envuelto en un anorak que multiplica su tamaño, ya de por sí esférico. No está claro si recuerda a un lobo marino o a su cazador. La gente le saluda con miradas circulares, con toda normalidad a pesar de la barba aterida y la media hora de retraso. Siles se sienta.

—Entiendo que es alguien que llega a un apartamento de un edificio —dice la única integrante femenina del grupo, mirando por encima de sus gafas de pasta ósea—. ¿Quién vive ahí? Es un día con nieve, ¿qué ocurre después?

—¿Después? Después viene el siguiente párrafo —grazna Horacio.

O quizás sea cuando te quedas en blanco, huevón, se guarda para sí Corina.

De la Gándara ha estado callado, vigilando a los demás como si estuviera a punto de lanzarse sobre pájaros dormidos. Al comprobar que nadie más habla, el profesor estructura rápidamente su análisis: su buen amigo Horacio parecía haber comenzado un cuento a la manera decimonónica, descriptivo y detallista. Le gustaba la idea de que les pudiera abrir la puerta un mayordomo de la época victoriana, se escenificara un cuadro de la alta burguesía que tomaba el té o…

—Se produzca un crimen —prosigue Horacio.

—Que habría que resolver entre los presentes —se entusiasma Carlos bajo su apelmazada crin negra.

Empiezan a cantar los móviles de todos. El primero en darse cuenta es Alberto, que extrae el mensaje recibido con la dificultad del que abre una ostra. A continuación, consultan sus misivas los demás. En un inglés que nunca más mejorará a pesar de los cerca de veinte años de residencia en Norteamérica, De la Gándara declama: “Alerta de seguridad: se ha producido un asalto en las inmediaciones de Devon Hall. Tengan precaución, no caminen solos por el campus. Se ha visto deambular por el lugar del ataque a un hombre fornido con un anorak gris y aspecto de hispano”.

Esto va por ti, Romualdo, chilla nervioso Alberto arrojándole el teléfono móvil al otro lado de la mesa. Todos miran a Siles con admiración, como si fuera el último de su especie, aunque una décima de segundo después ensombrecen el gesto. El lobo marino dice pausadamente, casi con tristeza: “Mi anorak es azul”.

Corina, tiritando: Yo no voy a por mi auto, está en el aparcamiento de Devon Hall; quizás deberíamos permanecer juntos.

Alberto, orgulloso: Tengo vino en mi oficina.

—Y yo 36 redacciones de mis alumnos que corregir —cruje Vito, al que le brillan más las canas de repente.

—Que esperen —revolotea Cosme.

—¿No será esto un Columbine, no? —alarma Horacio cual comadreja descabezando gallinas.

—Calla, calla —le callan todos.

Pía de nuevo el teléfono de Alberto, que escucha lo que le dicen durante un largo minuto. Únicamente interrumpe para puntuar afirmativamente el informe de su interlocutor con pequeños ladridos de mamífero. Cuando cuelga, vomita: el anciano decano del Colegio de Artes y Ciencias, el padre Steve Gardner, ha sido golpeado posiblemente por el hombre del anorak y se encuentra ingresado en el hospital en observación; la policía patrulla el campus.

Corina adopta un rictus de quiero estar a salvo, pero se hace tarde y quiero también llegar a casa, beberé vino y me tragaré la ansiedad. Vito comienza a servir vasos de plástico rellenos con Casillero del Diablo, un Cabernet Sauvignon en la media del mercado por calidad y precio, dice. Cosme filetea un bloque de queso Cheddar, a falta de un puto manchego. El grupo pica de una bolsa de nachos y tritura las mediocres viandas. La combinación de gustos y aromas edulcorados —gracias al sirope de maíz en cada maldito alimento, se percata Vito al leer las etiquetas— relaja velozmente el ambiente. El fermento de la uva hace el resto, completando los huecos que dejan los aditivos artificiales. La momentánea satisfacción se nota, sobre todo, decide Horacio, en los ojos de pez de Carlos.

De la Gándara se recuesta en su silla —libreta en una mano y vaso en la otra— y explica a los presentes que el padre Gardner, que ahora está en el hospital con una vía en el brazo izquierdo y su hermana Caroline dormitando en un sillón a su lado, es un buen cabestro.

—Hay quien no piensa lo mismo —dice Horacio.

—Más bien, que es un cabrón —matiza Vito en su preciso castellano.

—Tal vez haya sido un simple atraco —sugiere Corina.

Esa noche, además de Horacio, leyeron sus escritos Vito (por partida doble) y Romualdo, registra Alberto. Todo transcurrió con normalidad, como siempre que se habían reunido en los últimos dos años para nutrirse de palabras ajustadas en este mundo tan cacofónico. El poema de Romualdo era la nostalgia por la juventud que no volverá ya, años marcados por la dictadura, simbolizada en un Ford Falcon de 1966, por las agrupaciones socialistas juveniles, la calle pisoteada y el pisco barato. El primer texto de Vito se parecía a un jardín zen que se bifurca, un diseño de piedras pulidas, islas verdes y caminos de grava peinados por centésima vez, un meta espacio temporal que comprende todas las alternativas, algo así como una belleza encadenada a otra belleza. El segundo, determina Alberto, recreaba un cuadro del Greco, sus estratos de iconografía y ascensos en espiritualidad, adverbios y pronombres que miraban hacia el cielo, estrofas en gradación, verbos estilizados y signos de admiración marcando un énfasis místico. En resumen, se diría que uno tendía hacia fuera, el otro caminaba en círculo y el último, despegaba.

Acabados el vino y la lectura, se vuelven a oír los teléfonos. Es de nuevo la policía avisando de que el área está despejada. El mensaje no da más datos, así que De la Gándara llama a su informante. El padre Steve Gardner se encontraba fuera de peligro, aunque contusionado y con diversas heridas leves, sedado en estos momentos. Caroline dice que el decano no pudo ver a su atacante, el animal no abrió la boca al empujarle por la espalda y patearlo una y otra vez en el suelo, sin tener en cuenta que se trataba, por el amor de Dios, de un hombre de setenta y siete años. Se recuperará en Tolentine Hall, junto con los sacerdotes jubilados, donde estará mejor acompañado y atendido que en la residencia de profesores. De todas formas, Stevie, su querido hermano, no querría volver al lugar del ataque ni por lo más sagrado.

Cuando el grupo sale del centro San Agustín de Artes Liberales, rodeado por construcciones de granito y un pináculo de imitación gótica a lo lejos, se detiene al lado de un conjunto escultórico de figuras humanas que simulan conspirar de forma similar a como lo están haciendo ellos en este momento, cada ardilla con su nuez.

(Continuará.)


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El Señor Chinarro canta frente a mí

Sr. Chinarro

 

El Señor Chinarro canta frente a mí y yo descifro sus letras desde mi banqueta junto a la barra.

Se nota que suda un poco bajo esa pelambrera canosa y a la vez se queja del frío del aire acondicionado a sus espaldas.

Yo no me desencaramo de la banqueta ni así me maten. O dicho de otra manera: me encalomo en ella nada más encontrarla (es la última en todo Subway) y ahí me quedo agarrándola con mis garras garrapiñadas.

El local está a tope y solo se diferencia de una noche de sábado de los 80 en que no hay humo y que no bebo cubatas. En realidad no bebo nada. A mi vecino de concierto parece molestarle mi inapetencia y me ofrece una cervecica (así, en diminutivo, para que sea más seductora con tono infantil).

Todo es tan infantil a los 46.

Chinarro sigue diciendo letras con voz grave y me imagino las ondas sonoras atravesándole la laringe, esforzándose a machetazos por la selva de su barba.

Quiero irme y no me voy por si dijera algo nuevo. Pero todo es secamente familiar, sin rodeos metafóricos, con algo de estilo directo libre.

Demasiados calvos rapados al cero dándole palmas al showman impertérrito, lanzándole aullidos a medio metro de distancia, yo compadeciéndole desde mi banqueta.

En el camino de vuelta me cruzo a una chica de piernas larguísimas y escucho, ya a la altura del puente de Altamira, a dos mujeres que charlan sobre los años que llevan sus sobrinas sin trabajar.

Desde los tiempos del señor Chinarro y Gaby, Fofó y Miliki, casi.


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La presentación de mi novela se aplaza y mientras os dejo unas notas y un vídeo

El día 10 estaba prevista la presentación de mi libro en La Calahorra de Elche pero tuvo que ser aplazada hasta que se imprima el libro en las próximas semanas. Mientras, os dejo unas notas que he ido pergeñando para ese día y un vídeo (el segundo) del homenaje a mi padre en el que leo un extracto precisamente de ese libro, además de un poema escrito en el hospital.

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Recuerdos

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Después de un tiempo alejado de esta página por motivos de salud, mía y la de mi padre, hoy regreso para compartir este extracto de mi novela de próxima publicación. Saldrá a finales de febrero o principios de marzo y se presentará en Elche el 10 de abril en el salón masónico de La Calahorra, en Elche. He elegido este texto porque está inspirado en mi padre (en la foto, remando como siempre) y en nuestra casa de campo de Altabix y la de la playa en San Juan de los Cayos (Venezuela). Lo leí el otro día en el homenaje póstumo que le dedicamos en el Gran Teatro. Un abrazo infinito, papá. Sigue leyendo